ENLACES DE LA CABECERA
miércoles, 15 de septiembre de 2021
EL VINO DE LOS MONAGUILLOS
lunes, 13 de septiembre de 2021
LA CENA DEL SEÑOR - Capítulo VII, 2ª parte (Por Baldomero López)
2. ESTRUCTURA DEL RITO DE LA MISA ROMANA
2.1. Después del saludo a los asistentes, lo primero que hace el «celebrante» es invitarlos a un rito de purificación antes de ofrecer un sacrificio «sagrado»
«Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados».
«Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa».
«Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna».
«Señor, ten piedad». (6 veces)
a) La intención del acto de pedir perdón al principio de la misa debería ser la reconciliación con aquellos a los que hemos ofendido de palabra, de obra o de omisión
Muchas veces, las comidas tienen como objetivo la reconciliación, el volver a unir relaciones rotas y a expresar el perdón («per–donare» = dar con creces). El Padre misericordioso organiza un banquete de reconciliación cuando vuelve su hijo pródigo. El Resucitado come con sus discípulos, significando con ello que les perdona sus infidelidades al huir cuando él, el Maestro, iba a empezar su cruenta pasión. Pedro es reprendido por sus equivocados hermanos judíos circuncisos: «Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos». No entendían lo de las comidas abiertas de Jesús y su función reconciliadora entre los distintos estamentos sociales. La misa, ciertamente, no es ninguna comida. De todas formas, no se debe pedir perdón a Dios, sino a los hermanos, con los que se va a celebrar la comida de la fraternidad. Ya hemos señalado este aspecto al reflexionar sobre el pecado en IV, 5.8. Jesús lo dice claramente en el famoso texto del juicio final de Mateo, capítulo 25, vv.35 y ss. También en este otro pasaje:
«Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda» (Mt 5,23–24).
b) El texto del «yo confieso» al inicio de la «misa» dista mucho de estar en esta sintonía teológica. Es, por el contrario, un rito de purificación exigido para celebrar el acto «cultual» eucarístico
Este acto de «purificación cultual» abunda en toda la misa y no hay parte de ella que no lo contenga profusamente, como podemos empezar a comprobar en el «Gloria» que viene a continuación. La misa es una continuada y repetida confesión del carácter pecador de los asistentes y de súplica a Dios para alcanzar su perdón. Si los concurrentes a este rito de la misa fueran conscientes de todo esto, saldrían del templo con la moral por los suelos. Lo malo es que va dejando huella en el inconsciente de las personas y va condicionando su autopercepción y su autoestima como seres malvados por naturaleza.
miércoles, 8 de septiembre de 2021
LA CENA DEL SEÑOR - Capítulo VII, 1ª parte (Por Baldomero López)
El amigo Baldomero ha escrito un libro titulado: «LA CENA DEL SEÑOR. Una comida con eucaristía, no una eucaristía sin comida». Lalo Mayo ha corrido con el trabajo de empaquetado y edición. Cuelgo hoy en nuestro blog la primera parte del capítulo VII: «La misa, un esperpento de la Última Cena». Baldo me puntualiza que mucho del contenido de este capítulo tiene la explicación en los capítulos anteriores del libro, pero asegura que se puede entender bastante de lo que en él aparece.
En próximos días publicaré las segunda y tercera partes de dicho capítulo.
el Furriel
DEDICATORIA
A Pedro Sánchez Menéndez, dominico, educador sensato y padre bondadoso en mis años de adolescencia, que pasó de ser un ferviente sacerdote del «culto eucarístico» a transformarse en un fiel discípulo de Jesús en el quehacer «profano» de la gente pobre de su barrio, Vallecas. Murió a causa del covid–19, a los casi 96 años, por seguir estando entre sus antiguos parroquianos «como el que sirve».
A Andrés y a Ramiro, también dominicos, entregados con gratuidad y con todas sus energías a la alimentación y al cobijo de los sin hogar en el albergue san Martín de Porres de Madrid desde el año 1970. Con ellos viví la verdadera «memoria» de la Última Cena, pues en el mismo local se celebraba la eucaristía y se daba de comer a los hambrientos que acudían al albergue.
A los tres, mi cariño, admiración y agradecimiento. Y con la esperanza de compartir con ellos el «banquete escatológico» del Reino.
La misa, un esperpento
de la Última Cena
«Señalamos con nitidez la diferencia que hay entre la práctica eucarística cristiana y la última comida de Jesús: no debemos identificar en todos sus puntos la «misa» con la Cena»[1].
El lector verá, después de haber leído este capítulo, que la afirmación de Leon–Dufour se queda muy corta. Dudo de que haya algún punto en el que se identifiquen, porque la teología que hay en la misa es más propia del AT que del NT. Vamos a verlo. Antes quiero señalar que aquí utilizo el vocablo «esperpento» con el significado de deformación sistemática de la realidad.
1. EL EQUIPAMIENTO DE LA MISA
1.1. El escenario y los elementos que aparecen en la misa indican que se trata de un «acto de culto»
La arquitectura de los templos, del pasado y del presente, es la adecuada para la función que han desempeñado: la de ser únicamente lugares de «culto». El «altar» del «sacrificio» está situado en un plano elevado y en la cabecera, y los asistentes, colocados en dirección a él, «contemplan» lo que allí «relata» el «oficiante». La disposición de los asientos en nuestros templos es totalmente inadecuada para celebrar una comida de fraternidad. Desde luego, la Última Cena no se celebró en el Templo.
1.2. La denominación y consideración de «altar» en vez de «mesa»
Las comidas normales se realizan en mesas, pero los sacrificios se celebran en altares. La misa hace memoria de un sacrificio, por lo que no tiene en cuenta el ejemplo de Jesús, que en la Última Cena «se sentó a la mesa» con sus discípulos.
«Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce».
Mt 26, 20)
«Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios».
(Lc 13, 29).
«Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles»; (Lucas 22, 14)
«Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa» (Jn 13, 12).
«Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús». (Jn 13, 23)
1.3. El «pan ázimo» y su sentido de purificación mágica. El cisma de Occidente
No creo que la controversia sobre si en la celebración de la eucaristía debe utilizarse pan ácimo (Roma) o pan fermentado (Constantinopla) haya sido la principal causa del «cisma de occidente», pero sí que fue un tema importante de discusión entre los partidarios de uno y de otro bando en las encendidas polémicas «teológicas» que alrededor de este tema se produjeron entonces. De todos modos, lo que nos interesa destacar en estos momentos sobre el pan ácimo (o ázimo) es el porqué de su utilización. Nos lo explica Leon–Dufour:
«Todos los años debían acudir los israelitas a Jerusalén para celebrar en familia o por grupos la «gran fiesta». Se inmolaban corderos en el templo la tarde del 14 de Nisán, que habitualmente caía en abril. Al mismo tiempo, para significar la pureza de la casa en que iba a conmemorarse la acción de aquel que había liberado a su pueblo de la esclavitud de Egipto, se suprimía todo rastro de levadura y durante siete días quedaba prohibido el uso de pan fermentado. De ahí el nombre de «fiesta de los Ázimos» (Ex 12,15–20). Los ázimos (del griego a–zymos: «sin levadura») eran panes considerados más puros que los panes con levadura (Ex 34,25; 1 Cor 5,7s)»[2].
No es razonable que hoy se siga manteniendo esta ancestral costumbre, porque produce hilaridad creer en el efecto mágico negativo que causa el fermento. El pan «normal» es el que se utiliza en las comidas y el que muchas veces es considerado como sinécdoque del sustento diario de las personas.
1.4. La denominación de cáliz en vez de copa
«Copa» designa un recipiente «profano» de bebida, por lo que, para «sacralizarla» y usarla en el culto no se vio otra manera mejor que cambiar su nombre y sustituirlo por «cáliz». De este modo, ya estaba apto para la utilización y veneración como elemento «sacro».
1.5. Los ornamentos sagrados
Casullas ricamente ornamentadas, mitras, gorros, báculos y anillos de rica orfebrería, cálices, copones, patenas y bandejas de oro y plata, albas de puntillas y de finos encajes y otras cosas por el estilo no son precisamente lo adecuado para celebrar una comida de fraternidad como la del Señor, sino para actos muy señoriales, aristocráticos y distinguidos. Todo un esperpento desatinado y grotesco de lo que realmente debería ser la ropa del que preside la «memoria» de la Última Cena.
1.6. La actitud hierática, de frialdad emocional, de seriedad y de silencio en la asamblea
Los primeros cristianos, fieles a la costumbre judía sobre la bendición de la mesa, que es «memoria» de las grandes hazañas de Dios, daban rienda suelta a su alegría.
«…compartían los alimentos con alegría… (Hec 2, 46).
En la misa debería brotar la alegría específica de un banquete festivo, en el que se celebran la acogida, la fraternidad, la vida nueva, el compartir los alimentos, los valores del Reinado de Dios y la presencia del Señor. Pero en la celebración eucarística ocurre todo lo contrario: los asistentes deben dar muestras de compostura, de silencio y de seriedad, porque el único que habla y dispone todo es el sacerdote «celebrante», al que se le exige una total frialdad emocional, una ataraxia estoica, pero nada cristiana.
miércoles, 1 de septiembre de 2021
BLOG VIEJO CONTENIDO 2010
Y Lalo F. Mayo, el grande, nos ofrece el resultado de su análisis.
Y aquí va el año 2010. ¡Medio millar de páginas!sábado, 28 de agosto de 2021
EL CENICERO DE LA VIRGEN (Por Eugenio Cascón)
El que manda aquí me dice que esto es un cenicero y que escriba algo acerca de él. Visto así, en dos dimensiones, podría ser cualquier otra cosa: un cuadro, un baldosín historiado, un imán para pegar en la nevera… Pero hay que fiarse y considerar que toda la parte central está hundida respecto del borde y que es un objeto de esos que sirven para depositar ceniza y colillas.
Y ya está uno removiendo la poca sal que le va quedando en la mollera a ver qué podría decir. La verdad es que es bonito y parece más un objeto de adorno que un utensilio destinado a ser depósito de tan poco nobles materias. La imagen de nuestro Santuario resulta atractiva en su estilización, delineada su mole prismática con trazos sobrios y elegantes que permiten vislumbrar en primer plano el Pentecostés de bronce de la fachada y todo el resto del contorno, y hasta el entorno de la carretera aledaña con su farola y todo, y cómo no, la esbelta cruz, más señera y dominante, si cabe, que en lo real. Y esa atmósfera creada a base de gamas de colores y tonos pastel sutilmente combinados: beis claro, rosa pálido, marrones suaves y fuego en las alturas.
Llegados a este punto, he de confesar que lo de los colores me lo ha soplado alguien cercano, pues uno vino al mundo con el inconveniente de un mediano daltonismo y con él va por la vida haciendo lo que puede, que no es mucho, a la hora de distinguirlos y metiendo la pata muy a menudo. Ya sé que al eventual y sufrido lector esto ha de traerle sin cuidado, pero es que diciéndolo aprovecho para salir del cursilón ejercicio descriptivo en que me había embarcado.
Es propio de la condición humana tratar de embellecer los espacios y objetos que nos rodean, incluidos aquellos que están destinados a un uso prosaico, e incluso vil. Por ello, aunque pudiera en principio resultar un tanto ofensivo situar imagen tan estimada como fondo de un depósito de desechos, el hecho forma parte de nuestra aspiración a la belleza. Incluso se podría decir, en este caso, que no deja de estar en consonancia con la religión en la que nos educaron, según la cual nunca hemos de olvidar que en ceniza se han de convertir nuestros cuerpos mortales, sean serranos o no: Pulvis es et in pulverem reverteris como antídoto del vanitas vanitatum. Visto así, el fumador es alguien que vive cada uno de sus días como un miércoles de ceniza, con lo que el fumar, además de ser un placer, se convierte, paradójicamente, en remedo de un acto de penitencia. Yendo más allá, al final va a resultar que el cigarrillo podría entenderse como una metáfora del ser humano, dado que también este termina siendo consumido por combustión (cada vez más en boga) y reducido a un montoncito de ceniza.
Sabido es que el cenicero llegó a ser un utensilio indispensable en hogares, oficinas, salas de reunión, salas de espera, tascas y restaurantes, etc. Eran aquellos tiempos, cuando casi todo el mundo fumaba porque estaba bien visto, en los que el imprescindible cachivache, orondamente situado sobre la mesa, se convertía en el centro de las reuniones, en objeto de atención preferente, imán de miradas y destino de dedos que aplastaban, inmisericordes, los restos del cigarrillo o del puro, ensuciando su pulida superficie y llenándolo poco a poco hasta convertirlo en un amasijo maloliente de colillas retorcidas entre polvo ceniciento.
Pero el cenicero no es solo un recipiente: es también un objeto de adorno que adopta múltiples formas y tamaños, y se fabrica en diversos materiales. No le faltan, a menudo, ínfulas artísticas y las imágenes que los decoran son infinitas. ¿Quién no ha aplastado una colilla sobre una catedral, sobre un palacio, sobre una casa de campo, sobre un rostro famoso, sobre un escudo o bandera, sobre una escena de baile, sobre un estadio, sobre un cuadro, sobre un animal salvaje, sobre unas flores o sobre un mensaje escrito? Quizá en algún caso el acto del aplastamiento pudiera funcionar a modo de catarsis, o llevar implícito un deseo oculto de venganza: reivindicación tabaquera.
Aun hoy, cuando el fumeteo está sometido a una operación continuada de acoso y derribo, siguen viéndose ceniceros en muchos espacios en los que está prohibido, incluso alguno he llegado a ver bajo un cartel en el que reza la consabida prohibición. Lo que no he podido observar es si en ellos aparecen escenas tan espeluznantes como las que se insertan actualmente en las cajetillas de tabaco. Con todo ello, al final no me queda claro si el tabaqueo constituye un valor o un contravalor: nuestros expertos en ética chavarriana tienen la palabra.
Pero dejemos las divagaciones en torno al cenicero como tal y volvamos a nuestro pequeño mundo pretérito, que es, al fin y al cabo, el que nos mantiene sujetos a este foro. En el colegio, creo recordar que no había ceniceros, al menos en la parte habitada por los apostólicos y, sin embargo, se sospechaba, casi se sabía, que algunos se aplicaban de vez en cuando al vicio humeante. Se trataba, sin duda, de los más osados y rebeldes, puesto que los que éramos más tímidos y pacatos jamás nos hubiéramos atrevido. Imagino a un pequeño grupo de conspiradores haciendo rular el chester o el ducados traído a escondidas por alguno de los privilegiados que podían salir a León algún que otro domingo, recreándose en el acto de inhalar y exhalar humo detrás del teatro o en los retretes o quién sabe dónde. Ahora ya pueden confesarlo los culpables, que no los van a castigar.
Sabíamos también, y de esto no teníamos dudas, que algunos de nuestros frailes le pegaban duramente al fumeque: las yemas de los dedos algo amarillentos y el tenue aroma que a veces se desprendía de los hábitos y que no siempre lograba erradicar un rociado de Varón Dandy constituían un testimonio incontestable. Pero como no lo hacían en nuestra presencia y, además, se situaban en un estamento superior, lo más que suscitaban era algún que otro comentario malévolo.
Cuando salimos del colegio, buena parte de nosotros nos aplicamos con afán al ejercicio mencionado ejercicio tabaco, y menos mal que la mayoría nos quedamos solamente en el tabaco, dado el fervor por otras sustancias en la época del estallido de la libertad, la revuelta, el jipismo y todo aquello que vivimos. Nosotros nos sentíamos en la necesidad de recuperar lo que pudiéramos de una adolescencia hasta entonces vivida a retazos y a hurtadillas, y el cigarrillo sirvió a menudo de bastón para aquellos pasos, vacilantes e inseguros, que comenzábamos a dar.
Y no digo nada, porque nada sé, de los que tomaron el hábito y ejercieron de aspirantes a frailes en Caleruega, Las Caldas y Salamanca. Ellos podrán contarnos algo de sus devaneos con cigarros y ceniceros.
Ignoro si el cenicero que nos ocupa, procedente según la leyenda que contiene de la tienda de recuerdos del Santuario, es actual o lleva mucho tiempo adornando alguna mesa de centro de la furrielería. Lo que sí pienso es que la presencia de tan sagrada imagen ha debido de santificar también a quienes hayan hecho uso de él, otorgándoles, al menos, alguna indulgencia por haber incurrido en tan perversa adicción.
Los que hemos tenido que dejarlo, por convicción o por prescripción, conformémonos con recrearnos en la contemplación de ceniceros tan hermosos y santificados como este, mientras recordamos aquel placer tan genial, tan sensual como el que decía experimentar la admirada Saritísima mientras fumando esperaba al hombre al que ella quería.
Eugenio Cascón.
(*) Eugenio Cascón es autor, entre otros, del libro Español coloquial y ha trabajado durante varios años en la Real Academia Española.
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