De cuando ninguna construcción en todo el pueblo podía superar en altura la del Santuario de la Virgen del Camino.
En los bajos del edificio que aparece haciendo esquina frente a la cabecera del Santuario (un toldo lo protege del sol) había un bar al que nos llevaba mi padre a mi hermano Andres y a mi, verano de 1960, a merendar a media tarde tras una jornada de trabajo restaurando el baldaquino de plata de la Virgen.
Nos acompañaba a merendar el bocadillo de sardinas en aceite un muchacho joven con gafas que trabajaba en el mismo salón que le habían habilitado a mi padre y a él, justo detrás del recinto de la portería de entrada al colegio.
Era tocayo mío, se llamaba José María, y se apellidaba Subirachs.