domingo, 23 de marzo de 2025

VISTA AÉREA

 De cuando ninguna construcción en todo el pueblo podía superar en altura la del Santuario de la Virgen del Camino.



En los bajos del edificio que aparece haciendo esquina frente a la cabecera del Santuario (un toldo lo protege del sol) había un bar al que nos llevaba mi padre a mi hermano Andres y a mi, verano de 1960, a merendar a media tarde tras una jornada de trabajo restaurando el baldaquino de plata de la Virgen. 

Nos acompañaba a merendar el bocadillo de sardinas en aceite un muchacho joven con gafas que trabajaba en el mismo salón que le habían habilitado a mi padre y a él, justo detrás del recinto de la portería de entrada al colegio.

Era tocayo mío, se llamaba José María, y se apellidaba Subirachs.



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