domingo, 23 de marzo de 2025

VISTA AÉREA

 De cuando ninguna construcción en todo el pueblo podía superar en altura la del Santuario de la Virgen del Camino.



En los bajos del edificio que aparece haciendo esquina frente a la cabecera del Santuario (un toldo lo protege del sol) había un bar al que nos llevaba mi padre a mi hermano Andres y a mi, verano de 1960, a merendar a media tarde tras una jornada de trabajo restaurando el baldaquino de plata de la Virgen. 

Nos acompañaba a merendar el bocadillo de sardinas en aceite un muchacho joven con gafas que trabajaba en el mismo salón que le habían habilitado a mi padre y a él, justo detrás del recinto de la portería de entrada al colegio.

Era tocayo mío, se llamaba José María, y se apellidaba Subirachs.



1 comentario:

Ramón Hernández dijo...

Por aquel mismísimo entonces, en Las Caldas de Besaya, el bendito P. Dasio, aunque leguleyo ad summum, nos permitía merendar un buen bocadillo de sardinas en tiempo de ayunos a quienes, sudando la gota gorda y ganándole trerreno al monte, íbamos construyendo el campo de fútbol palada a palada, vagoneta tras vagoneta. Otra forma, sin duda, de hacer arte o de ganar valor para el lugar y para nuestras propias vidas. Nunca he vuelto a comer unos bocadillos de sardinas que me supieran como aquellos. Claro que vivíamos entonces los veinte años (muchos habíamos nacido en 1940), tan cargados de potencialidades como de ilusiones en pos de un mundo paradisíaco. Digamos sin ambages que el paraíso, para recrearse en él o huir despavoridos, se estaba construyendo en aquellos momentos en la Virgen del Camino. Quien lo dude, que contemple sin prejuicios la foto que hoy nos ofrece Jose María. Gracias, querido Furriel, por encuadrar tan hermosamente la primavera que acaba de comenzar.

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