sábado, 13 de junio de 2026

QUIQUE MUÑIZ VIVE JUNTO AL SANTUARIO

 


Este privilegio  de estar cerca, y de ENTRAR casi a diario, está significando mucho en mi atardecer.

Os lo transmito y comparto.

Quique 

JULIO CORREAS VISITA EL SANTUARIO

 



El dandi que se hizo fraile: la desconocida historia de uno de los arquitectos españoles más prolíficos del siglo XX (EL PAIS)


La huella de Fray Coello de Portugal sigue presente en medio mundo en forma de colegios, iglesias, residencias o conventos. Recuperamos su gran legado construido (aunque también derribado) en el centenario de su nacimiento

Fray Coello de Portugal en las obras del Convento de la Encarnación en Leioa (Vizcaya, 1975).


EDUARDO MEDIERO -EL PAIS-

04 JUN 2026 - 


En uno de mis viajes en coche a Asturias, en los que el trayecto acaba volviéndose automático, me desvío a las afueras de la ciudad de León para repostar. Es un paisaje reconocible: un aeropuerto levantado en tiempos de optimismo, gasolineras y naves industriales sin carácter. A lo lejos, un cartel anuncia mi llegada a una pequeña población: La Virgen del Camino. Un nombre apropiado para la parada de un viajero, pienso.


Al llegar no me topo con una estación de servicio sino con un edificio que me obliga a detenerme. Una caja blanca, precisa, acompañada por un campanile tan alto y esbelto que desaparece en el cielo encapotado. Unas figuras de bronce alargadas y casi informes escoltan una fachada que descubre en su interior un espacio tan claro y bello que uno olvida estar en la periferia castellana. Sin saberlo, acabo de entrar en la ópera prima de un arquitecto que, a partir de ese momento, va a poner mi vida patas arriba: Francisco Coello de Portugal.


Retrato de Fray Coello de Portugal cedido por su familia.


La historia de este interesante personaje es difícil de simplificar. Coello no responde a ningún perfil evidente. Nacido en Jaén en el año 1926, procede de una familia acomodada. Educado, muy atractivo, con una presencia que quienes lo conocieron recuerdan como magnética, tenía, en términos de su tiempo, todo lo que se esperaba de un joven de su posición. Y, sin embargo, al terminar la carrera de Arquitectura lo deja todo para hacerse sacerdote. Su entorno no lo entiende. El arquitecto Javier Carvajal, amigo y compañero de promoción, recordaría años después el desconcierto que provocó su decisión: “Aquello nos cogió por sorpresa… Curro pasó a ser para siempre Fray Coello de Portugal”. Convencido de que la entrada en el seminario era el fin de su carrera como arquitecto, el joven novicio se sumió en una vida de contemplación y estudio. Pero la arquitectura no tardó en encontrarle de nuevo: al año de ingresar, el padre provincial le pidió ayuda en el diseño de un proyecto a las afueras de León: el conjunto de la Virgen del Camino.


Colegio Nuestra Señora de La Paz en Torrelavega (1968). 


Este proyecto, inaugurado en 1958, no solo fue su primera obra, sino una de las más aclamadas por su capacidad de aunar una arquitectura exquisita con colaboraciones artísticas del más alto nivel: aquellas estiradas esculturas de bronce en la fachada son obra de Josep María Subirachs, autor de otras esculturas en otra fachada estelar, la de la Sagrada Familia. En aquel momento comenzó una carrera tan atípica como extensa. Porque Coello de Portugal construyó mucho. Muchísimo. Si algo lo define no es solo la singularidad de su biografía, sino la dimensión de su obra —la gran mayoría todavía en perfecto estado de conservación—, desde la Iglesia de Nuestra Señora del Valle en la sierra madrileña hasta el colegio de Nuestra Señora de la Paz en Torrelavega, por mencionar solo algunos de sus ejemplos más notables de los años sesenta. Pero el trabajo de Coello de Portugal no se limitó a nuestras fronteras: levantó la Catedral de Taipéi en Taiwán, construyó en Angola una interesantísima parroquia realizada con farolas recicladas y desarrolló proyectos en países como Venezuela o Corea, desplegando una arquitectura capaz de adaptarse con naturalidad a contextos sociales, económicos y culturales completamente distintos. Estamos, sin lugar a dudas, ante el arquitecto más prolífico e internacional de nuestra historia reciente.


Imágenes del Monasterio de Santa Inés de las Madres Dominicas (Zaragoza, 1964), demolido en 2022. 


Durante las siguientes décadas desarrolló una arquitectura que, lejos de ser neutra, era profundamente innovadora: un renovado equilibrio entre construcción humilde, forma y uso. “Creo que soy un arquitecto intuitivo… al ver las necesidades que se me piden me imagino y casi veo realizada la solución más acertada”, explicó en una conferencia en su madurez. La enorme cantidad de encargos a los que hizo frente le llevó a desarrollar una obra basada en estrategias que repetía con acierto en los más diversos lugares: complejas cubiertas alabeadas de hormigón resolvían a menudo las iglesias o espacios de oración, mientras que radicales edificios racionalistas encajaban las aulas, habitaciones o despachos. Bilbo García-Conde, arquitecto y sobrinonieto de Fray Coello, recuerda que esa manera de trabajar tenía también una base muy práctica. “Tenía sus fórmulas y le funcionaban”, dice. Era una arquitectura inequívocamente bella, pero sobre todo con un alto grado de responsabilidad: la de ser útil a las personas, algo que García-Conde aprendió durante los años que trabajó junto al dominico.

Iglesia de Nuestra Señora del Valle en Becerril de la Sierra (Madrid, 1968). 


En un momento como el actual, en el que políticos y asociaciones juveniles hacen gala de un cristianismo más preocupado por la forma que por el contenido, puede extrañar que una arquitectura tan innovadora se realizase dentro de un marco religioso. Aquí es importante recordar la relación de la orden dominica con el arte y la arquitectura: desde Fra Angelico hasta el padre Couturier, que convenció a Le Corbusier para construir una de sus obras más importantes, la capilla de Ronchamp (1955). Pero sobre todo hay que destacar que el trabajo de Fray Coello de Portugal surge durante un momento clave para la modernización de la Iglesia católica, el Concilio Vaticano II (1962-65). Fue entonces cuando se comenzó a experimentar con nuevas tipologías arquitectónicas, a cuestionarse las plantas tradicionales y a incorporar artistas contemporáneos a los proyectos. Se redefinió, en definitiva, la relación entre liturgia y espacio. Pero Coello no fue el único que participó de estos aires de aperturismo. Figuras como García de Paredes, Fisac o de la Sota, por nombrar tres, sembraron España de parroquias de barrio y conventos tan espectaculares como cercanos, con materiales y sistemas constructivos atípicos para un espacio religioso: la piedra se sustituyó por el hormigón, la madera por el acero, y las realistas esculturas de cristos y santos por abstracciones plásticas que siguen resultando rompedoras. 


Santuario La Virgen del Camino, Valverde de La Virgen (León, 1958).


Organismos independientes como el Observatorio de Arquitectura Religiosa Contemporánea, dirigido por el arquitecto y escritor Esteban Fernández Cobián, promueven la difusión de la arquitectura sacra. Pero a pesar de la calidad y cantidad de su obra, el nombre de Francisco Coello de Portugal suena mucho menos en las aulas que el de muchos de sus coetáneos. Te puede ocurrir que hayas pasado frente a sus edificios sin saberlo, o que hayas asistido a clase en un colegio dibujado por él. Esa es la paradoja: una obra extensa y presente pero un autoría sumida casi en el anonimato. “Son mis obras las que hablan por mí”, repetía en las pocas entrevistas que concedía. Al fraile no le interesó cultivar su imagen pública, no se preocupó por difundir su trabajo y tampoco se molestó en construir un relato teórico sobre su obra. Nunca se dio importancia, hasta tal punto que cuando le propusieron ser miembro de la Real Academia de Doctores su respuesta al presidente fue tajante: “Juan, te equivocas de persona”. La arquitecta e investigadora Miriam Ruiz-Iñigo, autora de una tesis doctoral sobre su figura, añade: “Cuando se hacen exposiciones sobre arquitectura de los años sesenta, Fray Coello de Portugal siempre aparece, pero a nivel de investigación o de difusión general no está suficientemente explorado”. (Para solventar parte de esta afrenta histórica otro de los sobrinos nietos del arquitecto, el realizador Frodo García-Conde, prepara un documental sobre su figura por el centenario de su nacimiento).


Hay una dimensión en el trabajo de Francisco Coello de Portugal que resulta especialmente relevante hoy, cuando la profesión vuelve a enfrentarse a la escasez de medios. Su arquitectura se desarrolló en la posguerra. Había necesidad, no eran tiempos para el gesto gratuito y menos para la espectacularidad vacía. Fernández Cobián, que es también autor de la monografía más completa sobre la obra del dominico, afirma en ella que “Coello solía incidir más en la buena construcción que en la forma. Mínimo esfuerzo para un máximo resultado, rapidez y contención expresiva: pero, sobre todo, economía extrema […]. Esa economía llevada al límite tiene un nombre: pobreza”. Sus edificios recuerdan que es posible hacer mucho con poco, que la calidad no depende necesariamente del presupuesto y que la atención al usuario debe ser el motor del proyecto. 


Colegio Stella Maris, Madrid (1964).


Quizá por eso su figura empieza, tímidamente, a reaparecer. Y plantea una pregunta incómoda: qué otros nombres, obras e historias estamos dejando fuera. “Solo defiendes lo que conoces”, incide Ruiz-Iñigo, señalando un problema que va más allá del dominico. La arquitectura de los años sesenta en adelante sigue siendo frágil, vulnerable y a menudo incomprendida. Demasiado vieja para resistir nuestra obsesión por la novedad, pero demasiado reciente para ser considerada patrimonio, lo que se traduce en falta de protección: prueba de ello es el derribo en el año 2022 del monasterio de Santa Inés en Zaragoza, inaugurado en 1964 y una de las obras más alabadas de Coello de Portugal.


En ese contexto, volver a mirar a este arquitecto no es solo un ejercicio de justicia, sino una forma de replantear nuestras propias prioridades. Porque en su aparente contradicción —un dandi que se hace fraile, un fraile que se hace arquitecto, un arquitecto que se hace anónimo— hay algo que sigue resistiéndose a ser explicado del todo. Y quizá ahí reside, precisamente, su legado. 


Retrato cedido por la familia de Fray Coello de Portugal. Imágenes de obra: © Fundación Alejandro de La Sota y MITMA. Agradecimientos: Fray Antonio Praena, OP, y Dominicos España.

viernes, 29 de mayo de 2026

VALDÉS ENCUENTRA LA VOLAORA!!! (Por Manolo Díaz)

El misterio de la «Volaora»: Capitulación honrosa ante el periodismo de investigación


Queridos compañeros, mi querido Furri Josemari, y, sobre todo, admirado Lalo «el Grande»:


Me dirijo a esta docta y eminente asamblea de MISQUERIDOSAPOSTÓLICOS para poner fin, de manera oficial, a la que sin duda ha sido la controversia historiográfica, mecánica y ¿teológica? más intensa desde que se colocó la primera piedra del Santuario, allá, a finales de los 50.


Hablamos de “LA VOLAORA». Hablamos de esa silueta mítica que recortaba su figura ante el cemento en construcción y que desató una tormenta de archivos, recuerdos y desmentidos.


Yo sostuve, con una fe que ya habrían querido para sí algunos teólogos medievales, que aquella montura era una Derbi 69(un número redondo, cabalístico y lleno de simetría). Añadí a la hagiografía del vehículo que pertenecía a Pachu el Facendusu, aquel insigne natural de Casorvía, la Gran Aldeona,  y capataz de los albañiles, quien utilizaba la potencia de sus dos tiempos para transportar desde el concejo lenense cargamentos de chorizos afumaos. Aquellos embutidos, como todos sabéis, no eran mero alimento: eran el auténtico "combustible vitalizante" y el secreto oculto detrás de la rapidez con la que se levantaron los muros del Santuario.


Sin embargo, la prensa libre y el rigor de la investigación periodística, se cruzaron en mi camino. Nuestro insigne periodista, Lalo el Grande, haciendo honor a su oficio y exhibiendo una ética profesional que ya querrían para sí los enviados especiales del The New York Times, me refutó con saña gráfica. Aportó fotos, diagramas, peritajes visuales y sentenció: «ES UNA GUZZI».


Lejos de amedrentarme, y viendo que otros compañeros se sumaban al linchamiento de mi tesis derbiana apoyando a Lalo, decidí quemar las naves. Apelé a la diplomacia del archivo e "iluminé" (quizás me acusen de falsificar con primor monacal) un documento definitivo. Un acta irrefutable donde constaba que el mismísimo 30 de febrero de 1958, Pachu le había comprado la Derbi a Don Víctor, el párroco de la vecina localidad de Vega del Ciego. Un documento perfecto... salvo por el sutil detalle de que febrero decidió no tener treinta días aquel año, ni ningún otro desde la reforma de Julio César.


Pues bien, la verdad, esa que nos enseñaban a buscar incansablemente en las aulas dominicanas, ha terminado por salir a la luz de la forma más insospechada. Nuestro infatigable compañero Valdés ha realizado el hallazgo arqueológico del siglo. Ha encontrado los restos de “LA VOLAORA». Escondida, vieja, cansada y completamente devorada por el óxido del tiempo. Por fin, el argumento TUMBATIVO con el que yo soñaba.


Pero mi gozo en un pozo. Para mi absoluta y pública vergüenza... es una Guzzi.

Efectivamente, Lalo tenía razón. Su mirada de lince periodístico no erraba. La «Volaora» nunca rugió con pistón catalán, sino con el genuino latido de Mandello del Lario adaptado a las carreteras españolas. Ante la evidencia del chasis y la honestidad brutal de los hechos, no me queda más que capitular, pedir disculpas a Lalo el Grande y rendirme ante su intachable deontología informativa. Eres un gigante de la crónica, amigo.


Ahora bien, un apostólico de la Paramera nunca deja un cabo suelto ni un documento eclesiástico desamparado. ¿Cómo queda el acta de compraventa de Don Víctor, el párroco de La Vega’l Ciegu? ¿Hemos de quemarlo por apócrifo? ¡En absoluto! La teología y la escolástica nos ofrecen la salida perfecta.

Tras un profundo análisis del texto, hemos descubierto la verdad mística detrás de ese papel. El documento es estrictamente auténtico, pero lo que se transó aquel milagroso 30 de febrero no fue la moto de la foto. La historia real fue la siguiente:

Don Víctor, hombre de iglesia y de orden, efectivamente le vendió una Derbi a Pachu el Facendusu para el transporte urgente de los chorizos lenenses. Pero Pachu, astuto como él solo, comprendió que una Derbi de la época no tenía el par de coj., perdón, digo el par motor necesario para subir los puertos cargada hasta los topes de embutido y con el viento leonés en contra. Por ello, esa misma noche, en un pacto secreto que explica el misterio, Pachu le cambió la Derbi a Dimas el de Xomeza por la Guzzi (la auténtica «Volaora»), que es la que finalmente aparcó frente al Santuario en el 59 y la que Valdés ha desenterrado.


El documento del párroco de Vega del Ciego queda, por lo tanto, salvado para la posteridad como el acta fundacional del "Tratado del Intercambio Motociclista-Choricero". La Guzzi existió, la Derbi existió en el limbo del 30 de febrero, y los chorizos, gracias a Dios, llegaron a su destino para dar fuerzas a los albañiles.


Lalo, querido amigo, tu honor queda intacto y tu victoria es incontestable. La «Volaora» era una Guzzi. Sirva esta extensa crónica como desagravio, como aplauso a tu pluma y como abrazo fraterno para ti, para Valdés el descubridor, para Josemari nuestro infatigable Furri, y para toda esta maravillosa cuadrilla que, más de sesenta años después, sigue sabiendo cómo reírse con la misma limpieza que cuando estrenábamos pantalones largos en León.


¡Un brindis por la «Volaora», sea de la marca que sea!


PD.- Envío foto actual de la GUZZI a nuestro Furri.




 

jueves, 28 de mayo de 2026

LA DERBI 69 "NO EXISTE". ¡'es una Guzzi! (Por Lalo F. Mayo)

Compañeros queridos del blog, yo ni entro ni salgo. el furriel

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Queridos amigos, acabo de comprobar que la DERBI 69 no existe.

Caiga quien caiga.


Como mucho podemos hablar de la Derbi «del 69» por el año en que salió a rodar, bautizada en fábrica como «Antorcha» y que fue en su tiempo un gran éxito de ventas, propiciado especialmente por la inmensa cantidad de ellas que compraron los albañiles para ir cada día al tajo. 


La Derbi «paleta», se conoció también debido a este hecho. El 80 por ciento de los albañiles que trabajaban en las obras de Astorga cruzaban las murallas cada mañana saliendo de entre las nieblas que rodeaban la ciudad. Llegaban desde Valdespino, Luyego, Val de San Lorenzo, Murias de Rechivaldo, Santa Colomba de Somoza, San Justo, Nistal, Villamejil…, de la ultraseca Maragatería y de la fértil vega del Río Tuerto.


 No, no llevaban chorizos, tal como ilustra este concepto. Chorizos, en ristras, no, pero sin duda que en sus bolsas olímpicas de Roma 60 se alojaba un racial bocata, este sí, de chorizo curado al humo de urz, que es la manera que se usa por allí. En realidad, nos llegaba con el frío seco de las madrugadas, pero nos sobraban arbustos y los usábamos para ahumar a los cochinos despiezados. Al menos eso hacía mi abuelo, lo que le agradecía toda la familia.


Pero estábamos en que la Derbi 69 no existe. 


Pero ojo, que no estoy diciendo que la «Volaora» no lo fuera. Una Derbi, y del 69, digo. Pruebas recién aparecidas que brillan en este medio sobre el que tienes tus ojos, lector querido, así lo confirman; y encima, firmadas por los caballeros (como corresponde tratándose de una montura) don Víctor Cabritero, presbítero y párroco de la Iglesia de San Félix, acompañado al pie del documento por el adquirente don Francisco Garcia alias Pachu el Facendosu. Ahí están sus rúbricas, que no osaré cuestionar como ciertas ya que la pátina que el tiempo ha dejado sobre el papel que lo documenta lo hace infalsificable. En él no hay postverdad, ni fake ni falsa realidad: don Víctor le vendió su Derbi a don Pachu con tan tajante aseveración que me permite parafrasear aquel exabrupto de otro cura, este de atrezo, que dijo algo parecido a: «…y lo que yo he vendido en la tierra, no lo cuestiona ni Dios en el cielo».


Bien vendida quedó aquel 30 de febrero de 1958 la Derbi, aunque no fuera una 69, una lástima porque ese no es un mal número. Como tampoco lo es el del día de autos que fecha el documento, aunque es bien sabido —y seguro que aparece por aquí alguien que así lo confirmará, lo vais a ver— que en la Vega’l Ciegu siempre han ido muy a lo suyo.


¿Que el Pachu tenía una bendita Derbi ya nadie lo podrá negar. Seguro que se desenterrará algún documento gráfico en el que aparezcan ambos y, quién sabe, quizás con alguna caja atada al transportín en el que sobresalgan el extremo de alguna ristra. Cosas más difíciles se han visto, se están viendo ya en los medios de comunicación de nuestros pecados.


Asentado queda por mi parte, pues, que el Pachu le compró la Derbi Antorcha DEL SESENTAYNUEVE al cura y que la rebautizó como «Volaora»: ¡49 centímetros cúbicos daban para mucho en aquellos tiempos! Habría que verla baixando Paxares, tanto pa un lau como o pal otru, sobre todo pal otru.


¿Entonces a que venía el exordio anterior, con el rollo de la Guzzi (no Gucci, que ese es otro mucho más fino), si ahora, a las primeras de cambio, el que suscribe dice que se ha equivocado? ¿Pero quién hace eso ahora? ¿Decir que uno está errado, así, sin h de hierro? Yo, al menos, no lo haré aquí hoy.


Doy como cierto que había una Derbi, en la que se trasportaban chorizos de los valles verdes  a la meseta amarilla, y que a los mandos de la máquina estaba el Pachu, que sí. Pero es que el sujeto principal de todo este invento, la moto que aparece en lo alto de las escalinatas del santuario en construcción y que se identificó con una Derbi, no, no es una Derbi. ¡Es una Guzzi! 


¿Que a Pachu le llevaba a trabajar a La Virgen? Sí. ¿Que el Facendosu aprovechaba el viaje para arramblar con los chorizos de la matanzade su casa? Pues posiblemente también, aunque si no hay prueba gráfica será más difícil de demostrar. Si solo los tenía que descargar de los varales de su fallado, pues claro que lo haría: tenemos moto, chorizos y a Pachu de mensajero. Pero lo contradiga quien quiera contradecirlo, la moto subida a la escalinata no es una Derbi. Es una Guzzi. Y ahí también se pueden presentar pruebas documentales gráficas que nadie con al menos un rastro de visión que le quede en cualquiera de los ojos podrá discernir sin esforzarse. 


Si se publican las fotos que envío al Furriel veréis una Derbi que se parece algo a la Guzzi de la escalinata por su manifiesta endeblez. Pero ojo, ¡¡lleva pedales!! Las otras dos son modelos «Antorcha» de años diferentes: la roja del 70 y la naranja/verde bastante posterior. La «Antorcha, como dice el texto de la foto, nació en el 65 y sí, llevaba como apellido CUARENTAYNUEVE. Esa era la Derbi 49. ¿O todavía os creeis que a mitad de los años sesenta podía comercializarse algo para subirse encima que llevara en su denominacion el número 69?


Tengo entendido que el pCoello hacía constantes viajes en moto desde Salamanca a León para ver cómo iba su iglesuca. Ya me parece exagerado tener que afirmar que se arriesgara a tales singladuras sobre la frugal montura de una Guzzi 65, que es SIN DUDA la que aparece en la foto, pero la fe mueve montañas y seguro que acorta los kilómetros, y él debía tener mucha fe, por como lo dejó grabado en cada metro cúbico de hormigón. 


Quizás Mariano Estrada, que sabe de la vida y andares de Coello en aquellos años, nos pudiera informar sobre la marca y modelo de la montura que usaba el arquitecto, porque, ¡qué descubrimiento habríamos hecho si la moto de la escalinata, esa Guzzi 65, fuera la suya. Que el jefe tuviera la prerrogativa de aparcar su vehículo justo delante de la mismísima fachada principal del santuario nadie lo iba a discutir: ni el obispo, ni el prior, ni siquiera don Pablo, que vería el asunto desde muy lejos entre la primera piedra y la última. En el momento en que fue tomada la foto, quizá no tanto, pero una vez alineados los apóstoles y la Virgen mirándola en todo momento, quién se iba a atrever a tocarla, no digo ya a llevársela sin permiso.


Salud.

Lalo


POR SI HACEN FALTA MÁS FOTOS:






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