El misterio de la «Volaora»: Capitulación honrosa ante el periodismo de investigación
Queridos compañeros, mi querido Furri Josemari, y, sobre todo, admirado Lalo «el Grande»:
Me dirijo a esta docta y eminente asamblea de MISQUERIDOSAPOSTÓLICOS para poner fin, de manera oficial, a la que sin duda ha sido la controversia historiográfica, mecánica y ¿teológica? más intensa desde que se colocó la primera piedra del Santuario, allá, a finales de los 50.
Hablamos de “LA VOLAORA». Hablamos de esa silueta mítica que recortaba su figura ante el cemento en construcción y que desató una tormenta de archivos, recuerdos y desmentidos.
Yo sostuve, con una fe que ya habrían querido para sí algunos teólogos medievales, que aquella montura era una Derbi 69(un número redondo, cabalístico y lleno de simetría). Añadí a la hagiografía del vehículo que pertenecía a Pachu el Facendusu, aquel insigne natural de Casorvía, la Gran Aldeona, y capataz de los albañiles, quien utilizaba la potencia de sus dos tiempos para transportar desde el concejo lenense cargamentos de chorizos afumaos. Aquellos embutidos, como todos sabéis, no eran mero alimento: eran el auténtico "combustible vitalizante" y el secreto oculto detrás de la rapidez con la que se levantaron los muros del Santuario.
Sin embargo, la prensa libre y el rigor de la investigación periodística, se cruzaron en mi camino. Nuestro insigne periodista, Lalo el Grande, haciendo honor a su oficio y exhibiendo una ética profesional que ya querrían para sí los enviados especiales del The New York Times, me refutó con saña gráfica. Aportó fotos, diagramas, peritajes visuales y sentenció: «ES UNA GUZZI».
Lejos de amedrentarme, y viendo que otros compañeros se sumaban al linchamiento de mi tesis derbiana apoyando a Lalo, decidí quemar las naves. Apelé a la diplomacia del archivo e "iluminé" (quizás me acusen de falsificar con primor monacal) un documento definitivo. Un acta irrefutable donde constaba que el mismísimo 30 de febrero de 1958, Pachu le había comprado la Derbi a Don Víctor, el párroco de la vecina localidad de Vega del Ciego. Un documento perfecto... salvo por el sutil detalle de que febrero decidió no tener treinta días aquel año, ni ningún otro desde la reforma de Julio César.
Pues bien, la verdad, esa que nos enseñaban a buscar incansablemente en las aulas dominicanas, ha terminado por salir a la luz de la forma más insospechada. Nuestro infatigable compañero Valdés ha realizado el hallazgo arqueológico del siglo. Ha encontrado los restos de “LA VOLAORA». Escondida, vieja, cansada y completamente devorada por el óxido del tiempo. Por fin, el argumento TUMBATIVO con el que yo soñaba.
Pero mi gozo en un pozo. Para mi absoluta y pública vergüenza... es una Guzzi.
Efectivamente, Lalo tenía razón. Su mirada de lince periodístico no erraba. La «Volaora» nunca rugió con pistón catalán, sino con el genuino latido de Mandello del Lario adaptado a las carreteras españolas. Ante la evidencia del chasis y la honestidad brutal de los hechos, no me queda más que capitular, pedir disculpas a Lalo el Grande y rendirme ante su intachable deontología informativa. Eres un gigante de la crónica, amigo.
Ahora bien, un apostólico de la Paramera nunca deja un cabo suelto ni un documento eclesiástico desamparado. ¿Cómo queda el acta de compraventa de Don Víctor, el párroco de La Vega’l Ciegu? ¿Hemos de quemarlo por apócrifo? ¡En absoluto! La teología y la escolástica nos ofrecen la salida perfecta.
Tras un profundo análisis del texto, hemos descubierto la verdad mística detrás de ese papel. El documento es estrictamente auténtico, pero lo que se transó aquel milagroso 30 de febrero no fue la moto de la foto. La historia real fue la siguiente:
Don Víctor, hombre de iglesia y de orden, efectivamente le vendió una Derbi a Pachu el Facendusu para el transporte urgente de los chorizos lenenses. Pero Pachu, astuto como él solo, comprendió que una Derbi de la época no tenía el par de coj., perdón, digo el par motor necesario para subir los puertos cargada hasta los topes de embutido y con el viento leonés en contra. Por ello, esa misma noche, en un pacto secreto que explica el misterio, Pachu le cambió la Derbi a Dimas el de Xomeza por la Guzzi (la auténtica «Volaora»), que es la que finalmente aparcó frente al Santuario en el 59 y la que Valdés ha desenterrado.
El documento del párroco de Vega del Ciego queda, por lo tanto, salvado para la posteridad como el acta fundacional del "Tratado del Intercambio Motociclista-Choricero". La Guzzi existió, la Derbi existió en el limbo del 30 de febrero, y los chorizos, gracias a Dios, llegaron a su destino para dar fuerzas a los albañiles.
Lalo, querido amigo, tu honor queda intacto y tu victoria es incontestable. La «Volaora» era una Guzzi. Sirva esta extensa crónica como desagravio, como aplauso a tu pluma y como abrazo fraterno para ti, para Valdés el descubridor, para Josemari nuestro infatigable Furri, y para toda esta maravillosa cuadrilla que, más de sesenta años después, sigue sabiendo cómo reírse con la misma limpieza que cuando estrenábamos pantalones largos en León.
¡Un brindis por la «Volaora», sea de la marca que sea!
PD.- Envío foto actual de la GUZZI a nuestro Furri.








