sábado, 7 de noviembre de 2026

CHAVAL A REZAR (Por Pedro G. Trapiello)

El cordel con cuentas o bolas para rezar es más viejo que cocer alubias. Es invento antiguo originario de místicas y religiones asiáticas, Buda mediante. Lo llaman Japa Mala y tiene 108 cuentas de madera que sirven para el hilar mantras, oraciones y respiraciones meditabundas. Ese collar de mano acabó plagiándolo sin ningún pudor el musulmán para llamarlo Tasbih en dos formas según cuele en el cordel 33 o 99 cuentas que representan los nombres y atributos de Alá; y dale que dale a la matraca recitativa repicando sin cesar a las puertas de los siete cielos que cruzó Mahoma para que se abran derramando mercedes o, al menos, consuelo en sus tribulaciones y oídos a sus ruegos. No fue, pues, nada original el Rosario que en el siglo XIII fundó santo Domingo de Guzmán birlándole la idea al moro de religiosidad ejemplar en aquella España que ocupó al no apear de la mano todo el día su rosarito de cuentas susurrando rezos. En ello sigue, es su signo identitario. Pero la originalidad del dominico estaría en el número de cuentas al superar a todos alojando quince misterios con diez cuentas cada uno, 150, más otras 15 cuentas gordas para separarlos; y en la cola, otras 5 bolitas... 170 nada menos, aunque el rosario normal, no el que cuelgan al cinto los frailes, sólo tiene cinco misterios y 60 cuentas en total, rosario que tanto usó Madonna en sus desbragados shows colgándoselo al pescuezo como collar y haciendo bailar su cruz entre las tetillas (tuvo imitadores; y no sólo chicas). 


Hoy se estudia cómo en la generación Z (entre 18 y 30 años) algunos ponen de moda rezar el rosario (también se hacen nazarenos, turutas piadosos o usan lo religioso como fetiche), pues tras encuestar a 361 católicos, investigadores de Italia, Polonia y España descubrieron que los que rezan el rosario disfrutan de mayor bienestar, empatía y un nivel significativamente más bajo de ansiedad, beneficios que también se consiguen con técnicas de meditación como el mindfulness, tan de moda (y tan costoso en cursos o retiros). Con el rosario sale gratis; recitar oraciones desacelera la respiración y la frecuencia cardíaca, aseguran. Buda y Mahoma ya lo sabían.

domingo, 1 de noviembre de 2026

EL CHAVAL DE LA EMISORA (Por Isidro Cicero)

EL CHAVAL DE LA EMISORA  
Se termina octubre en un santiamén, hay que ver. Tal que ayer era San Froilán y ya estamos hoy vispereando el Halloween. Me intriga esta extraña foto que exhiben aquí Josemari y Lalo, extrayéndola del gran Álbum que ambos nos confeccionaron en 2014… “Huarte en el aire”, titula Lalo su comentario. Es sobre aquel “laboratorio escolar de sonido”, vinculado en general al padre Huarte. Se refiere a EAJ 64 Radio Camino. Voy a intentar complementar el comentario de Lalo Mayo. Con permiso.

Y es que se van los 31 días de octubre y todavía no he metido yo aquí la cuchara, aunque no me han faltado ganas ni ocasiones. Me tentó la foto del padre Jesús Martín, al que nosotros llamábamos “Marquina”, otros cursos lo mismo no sabéis por qué. Su foto apareció aquí a mediados de mes rodeado de chicos con melenas y anchos pantalones de campana. Setenteros, los chavales. Nos habría desconcertado un quinquenio antes la indumentaria de esos jóvenes. A él le llamábamos Marquina porque Tobes -tantas observaciones inteligentes le debemos a Mariano Tobes– había detectado una propensión del fraile salmantino a traernos fragmentos de “En Flandes se ha puesto el sol” y de “Salvadora”, para enseñarnos a hacer comentarios de texto. Marquina.

Se nos pasan los meses sin escribir aquí. ¿Porque no tenemos comentarios que hacer? Bien sabe Dios que no es por eso. Porque procrastinamos y pereceamos Hasta los muy cafeteros, yo soy uno de los que más, dejamos discurrir los meses en blanco y a lo tonto. Deberíamos enmendarnos, sobre todo los que - como yo - tanto nos hemos beneficiado de este blog; en tiempos fue casi nuestro periódico, nuestra columna semanal, y luego nos hemos escabullido. Ingratos. A ver si estos días retomo un relato que empecé hace semanas cuando leí, a primeros, la precrónica de San Froilán de Luis Carrizo. Aquel varón de la capa negra cubriendo bajo ella a un grupo de niños romeros. A ver si se lo mando a Josemari cuanto antes.

Esta foto de ayer venía en la página 46 del Álbum, nos dice Lalo. Me pregunto quién la tendría guardada antes de aparecer allí, quizá el propio chaval. Tiene un encuadre perfecto: al fondo, bajada, una persiana veneciana como todas las demás del colegio. Y en diagonal en primer plano, los folios del guion. Mira que línea hacen los elementos. Están en primer plano los folios, sí, pero no se leen por más que te despistojes. Debe de ser así por alguna de las leyes insobornables de la óptica.

¿Quién sería este chaval de los primeros setenta? Dime si no te recuerda a Bill Gates, en algún primer plano que hayas visto de él, manejando un equipo como este junto a Paul Allen de pie, al lado como el padre Huarte, o detrás. Bill andaba por los catorce años. Mira cómo maneja los mandos a dos manos este Bill nuestro. Sobre Huarte tenemos muchas memorias, en la foto aparece concentrado en los aparatos, apuesto a que tiene delante, aunque no se vea, la otra copia del guion que el chico puede seguir a la derecha en primer plano. Si fuéramos capaces de leer ese folio, tendríamos en la mano la piedra de roseta de la foto. 

¿Quién sería el chaval que se coordina con Huarte? El jersey del muchacho no es uno de aquellos famosos jerséis amarillos, de pico, que los más mayores estábamos acostumbrados a ver en los sesenta. Algunos, solo ver y no tocar. Este jersey es oscuro, de punto, probablemente de lana con algo de mezclilla. Está muy bien hecho, le queda muy bien al chico moreno, cuello alto, vuelto, ajustado; bandas geométricas en la parte delantera y en los laterales del torso. Un jersey deportivo y juvenil. A tono con el cabello abundante y relativamente largo de la época. Pelo peinado para adelante, flequillo marcado que cae sobre la frente.


Yo le calculo también 14 años al chaval, podrían ser 13 ó 15, no creo que más. Fíjate en sus facciones, todavía suaves; en su rostro ovalado, en su nariz recta, labios finos y mentón poco pronunciado. Fíjate sobre todo en su expresión seria, concentrada, vertida hacia los equipos, tomándoselo todo completamente en serio.

Éramos así. Mira también el pantalón del muchacho, largo, color claro probablemente gris, de tejido aparentemente grueso. En Seattle no desentonaría. Fíjate en el reloj de pulsera en la muñeca izquierda. La correa parece metálica y de color oscuro. Fíjate, conoce los aparatos, está familiarizado con los botones. Ya sabemos que no es él el que ha creado Microsoft, él no. Pero lo pones en Seattle, los pones a él y a Huarte en Seattle, y quién sabe lo que hubiera pasado. El chaval parece seguro de sí mismo, pero claramente se ve que opera bajo la supervisión de Pablo Huarte.

Huarte debe de tener ahí unos cuarenta años. Lleva jersey debajo del hábito. Probablemente es otoño tardío o uno de los largos meses invernales de la paramera. Está de pie, ligeramente inclinado sobre el alumno, interviene directamente en el funcionamiento de los aparatos. No se limita a observar. También participa en la manipulación del equipo. En las fotos adolescentes de Bill Gates, esa posición del padre Huarte la ocupa generalmente Paul Allen. Búscalos si no lo crees.

Como Lalo, yo también he sido más de prensa escrita, pero de la radio distingo algunos dispositivos de esa foto. A la derecha, veo dos reproductores de vinilo, uno junto al otro, a distinta profundidad. Parecen semiprofesionales. Unos cuantos vinilos se apilan justo detrás de nuestro condiscípulo. Tampoco somos capaces de averiguar cuáles. Ya nos gustaría. Platos circulares, discos de vinilo negros, de tamaño convencional, brazos de lectura, con la aguja recorriendo los surcos, bases rectangulares para los mecanismos de funcionamiento; mandos de control en la parte frontal y en el lateral. 

Que haya dos giradiscos permite mezclar el segundo disco mientras se reproduce el primero. Huarte y el chaval podrían estar ahora mismo encadenando canciones, sintonías, efectos sonoros o fragmentos musicales, sin hacer pausas ni interrupciones. Por los altavoces del estudio, nosotros, tú y yo, podríamos estar escuchando un programa semiprofesional. Como el de cualquier EAJ de la época. 

Todo, o buena parte de esa tecnología, gracias a la unidad de control y amplificación que vemos en el centro de la foto. Es una pieza especialmente llamativa, los mandos, los controles y la rejilla perforada, seguramente para la ventilación. Es la mesa de mezclas que recibe las señales de los dos giradiscos. Desde ahí parece que Huarte selecciona, regula y envía el sonido hacia el amplificador y el sistema de transmisión. La fotografía no permite identificar, al menos a mí, qué función tiene el aparato rectangular tras la unidad de control; es más grande que los otros, carcasa voluminosa y rejillas verticales. ¿Será el amplificador, será un receptor de radio para recibir el relato del partido del Osasuna, Pablo Huarte no desaprovecharía la ocasión para incluir también ese contenido a los contenidos de los folios del primer plano?

Mira también los cables. Los lógicos cables. Lógicos, porque esto es “la emisora” del colegio y todo está pensado en función de la distribución. De nada vale producir, sin difundir. Esa es la esencia de la pedagogía. De la radio y de la Orden: “Aliis tradere”, no hace falta machacar más sobre ello. 

Resulta especialmente significativa la figura de nuestro compañero manejando él directamente los aparatos. No estamos ante una actividad pasiva: el estudiante participa en la producción técnica del sonido. No es un mero espectador, es un coprotagonista tecnológico. Está aprendiendo a manejar instrumentos reales; bajo la orientación de una persona mayor, sí. Pero ¿qué más se puede pedir para un muchacho, aparte de iniciativa, aprendizaje práctico y tecnología?


En mis tiempos, entre cinco y diez años antes que ese chico de la foto, tuve mucho que ver con ese estudio radiofónico, con ese laboratorio sonoro si lo prefieres así. Mis recuerdos son limitados y selectivos. Limitados, porque no alcanzan al conocimiento de ninguno de esos elementos que aparecen en la foto. Ni el amplificador, ni los giradiscos, ni la mesa de mezclas, ni las cabezas flotantes sobre los microsurcos, ni los botones giratorios, ni la pila de vinilos, ni los enchufes. De sonarme algo, me sonarían los folios que el muchacho tiene a su derecha y que Pablo Huarte, apuesto lo que quieras, tiene también ciclostilados a la vista y a la mano. 

Yo era más bien allí un chico de folios. Escribía desatadamente guiones y guiones que luego otros interpretaban en aquella emisora para mí invisible e invisa. Yo luego escuchaba los quiones sentado ante el pupitre del estudio entre los demás. El cuadro de intérpretes los interpretaba. No había costumbre de dar el nombre de los autores de lo interpretado. Yo tenía bastante con dejarme llevar por la extraña sensación del oyente anónimo que participa anónimamente de las emociones que aquellos textos producían en la generalidad. 

Mucho aprendí yo de aquel juego de poner palabras en boca de otros y recibirlas después como llovidas desde el cielo a otros labios invisibles para que luego entraran en oído colectivo, pasivo e inmóvil. De ese oído globalizado, una infinitésima parte anónima eran tus propias orejas de autor. 

Al montañés montuno le habría gustado haber entrado algún día en esta emisora de la foto, tocar esos botones, girar la rueda del volumen, emulsionar las palabras del folio con los sonidos de uno de esos vinilos sin nombre en la mesa de mezclas.

Una vez me recitó Mariano Estrada -ya los dos más que sexagenarios- un fragmento sobre la bajada de los peregrinos desde el Monte del Gozo y, nada más oírlo, me di cuenta de que aquel texto olvidado lo había escrito yo de quince años, uno de los guiones jacobeos. Otra vez supe que los guiones jacobeos que escribíamos Cirauqui, otros que ahora no recuerdo y yo en una dependencia imposible de localizar a estas alturas, después de que los grababan las mejores voces de la emisora, los emitía también Radio Popular. 


En el gran encuentro de León, salió a la tarima el padre Jaime para hablar de la “famosa” emisora “que tanto juego dio luego a la formación, al teatro, a la música”, dijo. “Nació para poner música de vez en cuando al levantarse los niños o al celebrar alguna fiesta”. Aseguró que luego los frailes avanzaron un paso más y crearon Radio Camino. “Los domingos por la tarde en una hora”, recordó Lebrato, “informábamos noticias nacionales, internacionales, locales y dominicanas si las hubiera”. Se ve que no las había siempre. “Si los sabíamos, dábamos resultados de fútbol”.


Pasado un año, se le ocurrió a Lebrato hacernos una encuesta para ver qué tipo de informaciones nos interesaban más. El creía que ganaría el chiste que escogía personalmente con todo esmero. Pues no señor, ganó la liga, los resultados. Quedó impresionado.


viernes, 30 de octubre de 2026

HUARTE EN EL AIRE (Por Lalo f. Mayo)

He tenido que acudir a la página 46 de EL ÁLBUM DE LAS FOTOS para ver qué dijimos en su día de la foto que abre este texto.


Dice el pie que la emisora la llevaba el pHuarte. Vale. Pero yo no sé nada más de las circunstancias internas de aquel invento, y bien que lo lamento porque debido a mi trayectoria personal y profesional posterior, seguro que no me habría ido mal haberlo conocido.

Por razón de ese supino desconocimiento, aquel ya digo invento que, eso sí, recuerdo alojado en uno de aquellos currunchos que había tras una puerta al fondo de las aulas, no sé si de de la Escuela Menor o Mayor —aunque seguro que sería de la Mayor—, no despertó en mí vocación alguna, y no mayor información de la que nos proporcionaba los domingos por la la tarde cuando, antes de entrar en el estudio, proclamaba por los altavoces los resultados de la jornada futbolística; de cuando todos los partidos se jugaban a la misma hora y en el mismo día, no como ahora, que toda la temporada es una jornada continua sin pararse en días ni horarios concretos.
La banda sonora de aquellos domingos sí que la recuerdo bien, quizás porque sonaba en el momento en que, armados con un bollo en una mano y un chocolate de Ezquerra con sabor a aceite en la otra, exprimíamos el fin del fin de semana con los entusiastas gritos de los reporteros cantando goles, tarjetas, penaltis y desilusiónes en la bocina colgada al final de la recreación, ya en los campos.

Siempre que ahora me llevo a la boca una pastilla de chocolate, cada vez menos por aquello del azúcar y los años, algo en mi memoria me previene de que mi placer se va a ver interrumpido por un rancio olor y sabor que, es de suponer, algún día se derramó desde una damajuana  de aceite sobre toda la provisión de cientos de libras de chocolate en el almacén donde las monjas guardaban lo que nos comíamos, que era todo lo que nos daban (y más que hubiera), si no recuerdo mal.

Además de la jornada dominical y vespertina de fútbol, por aquellos altavoces sonaban, muchas veces cuando el sol todavía no se había asomado desde el valle del Bernesga por el páramo de Oteruelo, las "Cuatro estaciones” de Vivaldi o “Mamá”, del niño aquel, Jean Jacques, de “…un bello sueño tuve ayer...” que ganó, o casi, el festival de Eurovisión; y  por la noche, cuando desde las ventanas de los dormitorios que daban al oeste ya se veía brillar la estrella colorá, sonaba melancólica “La Charanga” que cantaba Juan Pardo, antes en "Juan y Junior" y todavía más antes en Los Brincos. Ambas canciones empezaron a sonar en 1969, cuando la mayoría de los que pasan o han pasado por aquí ya se encontraban lejos de la paramera. 

Pero nada más puedo decir de aquella emisora: No recuerdo si alguna vez emitió programas, improvisados o elaborados a partir de algún guión, y en cualquier caso, ni siquiera sé si se hicieron. Quizás sí sonara algún aviso de visita extemporánea, algo muy poco habitual ya que era aquel asunto muy reglado en las ordenanzas, pero tampoco lo puedo asegurar, y si los hubo, no fui protagonista en ninguno. Así que seguro que el interés con el que hace un par de meses por lo menos nuestro amado Furriel me envió la foto de ahí arriba, habrá quedado un tanto defraudado por la poca sustancia que le devuelvo.

Por amortizar el gasto del sello con el que envío este mensaje he de decir, también por si le pudiera interesar a algún lector de los que nos quedan, que para mí fue más determinante mi paso por Antorcha, aquella especie de periódico mural montado en cartulinas de colores que se publicaba colgado de unos tableros de corcho en el hall antes del pasillo de las clases y que tenía su Redacción y Taller en una sala a la que hoy creo que ya no sabría llegar. Allí recuerdo que trabajé con Álvarez Ilzarbe, entonces el benjamín del curso 64, y hoy un solvente artista plástico de la madera con taller en Salamanca. 


Aquella antorcha sí que iluminó el camino en mi cambio de vocación, y diría que me encaminó bien, porque en 35 años no hice otra cosa que perfeccionar lo que aprendí en aquel otro curruncho. Pero esa ya es otra historia. Otra historia que —Furriel, no lo intentes—, yo no contaré porque, ¡ay!, ya no me acuerdo de nada. 

Salud
Lalo F. Mayo

lunes, 26 de octubre de 2026

CUMPLEAÑOS DEL P. OLÓRIZ

Cumpleaños de Carlos Olóriz: 86

Nuestro alegre fraile joven que en 1966 driblaba con agilidad el balón y dominaba a ping pong después de cantar como tenor alto, continúa sonriendo aquí, y en su mejor serenidad, recordando con ilusionada memoria aquel tiempo en que aquí mismo nos superaba también en diez años y nos hacía sentir ya próximo aquel hábito y vida con los que entonces soñábamos.

Quique Muñiz



miércoles, 21 de octubre de 2026

FOTOGRAFÍA DEL P. JESÚS


De la colección del P. Jesús Martín, con apostólicos ante el estanque de la Portería de entrada al Colegio.

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