domingo, 27 de noviembre de 2022

PORTADA DEL DIARIO PROA DE león

 Día de inauguración del Santuario de la Virgen del Camino.





lunes, 21 de noviembre de 2022

EL ALTAR DE SAN FROILÁN

 


Estaba mirando esta fotografía del interior del santuario tomada desde el coro y me pareció una más de cuantas ya conocemos.

Pero mira tú que, fijándome un poco en ella, encuentro a un fraile celebrando misa en el altar lateral, el de san Froilán.

Y se te fijas más detenidamente, observarás, a sus espaldas, a un seguro apostólico que le ayuda en la misa.

Y he recordado que ir a ayudar a las misas en el santuario a las primeras horas del día era un privilegio que nos concedían el día del cumpleaños. Y lo recuerdo como un día triste.

¿Recuerdas?

Hoy el altar no está muy bien cuidado que digamos, como tantas otras cosas.





miércoles, 16 de noviembre de 2022

PURGATORIOS (Por Jesus Herrero) Capítulo 10 . Loles la De Santiago

 


En San Vicente la vida era tranquila y placentera. De vez en cuando el ayuntamiento de la villa organizaba conciertos de música clásica (cuartetos de cuerda, quintetos de viento y alguna que otra coral provinciana de esas que gritan más que cantan). A esos conciertos solía ir la élite más pudiente de los veraneantes, no tanto por razones culturales sino porque al final los conciertos siempre tenían todas las connotaciones de acto social exhibicionista, ya fuera de joyas, modelitos de moda o carnes turgentes asomando por escotes amenazantes o arriesgados, según su portadora. Los conciertos se programaban por la tarde, al aire libre, aprovechando espacios tan románticos como el antiguo y ruinoso convento de San Luis. Pero si llovía o amenazaba lluvia, lo cual no era raro, más bien habitual, el concierto se trasladaba a la iglesia y asunto concluido. 


Aquel año, invitados por la hermana mayor de Lorena al concierto —creo que de un cuarteto de cuerda—, aparecieron por allí unos amigos que veraneaban en un pueblo cercano. Nos encontramos todos en la confitería del pueblo, bajo los soportales de la plaza, donde esperaban ya Octavio, Milagros y Loles. Octavio era concertista de guitarra, aunque no estoy seguro de que fuera muy bueno, a juzgar por la escasez de contratos que firmaba, por lo que siempre andaba preguntando a todo el mundo si, por casualidad, tenía influencias para conseguirlos. De lo que sí estoy seguro es que era uruguayo, de piel oscura, mandíbula y dientes de piraña, pelo negro, espeso y en forma de cepillo de limpiar zapatos, y ojos negros pequeños y escondidos que solo utilizaba con eficacia para no perder detalle de las mozas del pueblo. Si no era por esta razón, ni brillaban ni expresaban mayores cosas, por lo que casi siempre tenía una vaga expresión en el rostro de aburrimiento. 


Era regordete y bajito, tanto que podría decirse que la guitarra le venía grande, tal vez dos tallas más grandes de lo necesario, sobre todo porque cuando la tocaba —él siempre decía que ensayaba para disimular los fallos—, sacaba de una funda un reposapiés muy profesional en el que colocaba su zapato derecho y entonces, al apoyar sobre la rodilla de su pierna la guitarra, ésta le tapaba casi la cara. Daba la sensación de estar asomando la cabeza sobre de un parapeto sonoro. Era bastante cómico, sobre todo cuando se ponía a tocar y cerraba sus pequeños ojos para mostrar teatralmente un hondo sentimiento de virtuoso que no poseía.


Milagros, su mujer, era una chica joven y gordita, se podría decir que bastante gordita, alegre, rubita y con gafas de cristales gruesos que, según parece, se quitaba para ir a la cama con Octavio. Esto sería lo normal para cualquiera, pero en el caso de Milagros tenía el efecto de no ver al guitarrista cuando se abalanzaba sobre ella, lo que le preservaba de apreciar detalles poco interesantes o deplorables y así se centraba con más facilidad y dedicación en lo que la interesaba del guitarrista, que no era precisamente el instrumento musical sino el otro.


A la desigual pareja la acompañaba Loles y ella, para distinguirse de otras Loles, le gustaba añadir «la de Santiago», que era su padre, a quien debía de querer mucho. Loles era muy mona, con el pelo rubio rizado tipo escarola, ojos azules, cuerpo esbelto, pecho comedido y culo perfecto. A ello hay que añadir que era dicharachera y expansiva, optimista y muy positiva en todas sus apreciaciones y opiniones sobre todo lo que la rodeaba. Eso sí, a excepción de su ex marido, del que se había separado hacía ya más de un año. La razón, a lo que parece, es que el individuo en cuestión era zoólogo y desaparecía todos los fines de semana en dirección a los ríos de su Albacete natal para estudiar en profundidad las características zoomórficas del cangrejo nacional, que aún no había desaparecido del todo, y publicar el trabajo posteriormente en alguna de esas revistas científicas que nadie sabe dónde se compran. Loles se quedaba sola en casa, aburrida y renegando porque no estaba dispuesta a aguantar todo el fin de semana caminando de acá para allá por las orillas de los cauces cargada de reteles, cebos y demás parafernalia. Finalmente, a los dos años de casarse, le enseñó la puerta de salida al cangrejólogo y empezó una nueva vida.


Aquel día en San Vicente Geles se sentó a mi lado en el concierto de la iglesia, entre otras razones porque el resto de la tropa tenía compañía, Lorena se había quedado en casa con un leve catarro y por lo tanto Loles y yo estábamos desparejados. Nada más empezar el concierto, ya en penumbra todo menos el escenario, Loles apoyó su pierna contra la mía de forma casual. Hasta ahí bien. Luego se arrimó un poco más y me adosó el muslo y a continuación, con la excusa de que hacía algo de frío, se puso una especie de chaqueta de lana sobre las piernas y me invitó, probablemente para comprobar mi disponibilidad, a cogerle la mano más cercana. La verdad es que sí estaba fría así que yo se la calenté todo lo que pude. Luego ella, viendo mi predisposición a complacerla, me cambió poco a poco la mano de sitio, se la colocó entre las piernas y me la apretó todo lo que pudo sobre la cremallera de sus pantalones. Nunca me había pasado nada igual en una iglesia, aunque en ese momento solo fuera sala de conciertos. El recital estuvo francamente bien, para qué negarlo, y cuando terminó nos fuimos de copas, así que terminamos bastante tocados pero indemnes.


Al día siguiente por la mañana reaparecieron los tres en San Vicente y les llevé al puerto a ver el trasiego de pesqueros y pescadores y la descarga de cajas y cajas de pescado recién traído, operación en la que yo solía demorarme muchos días. Luego fuimos a desayunar a un bar y entonces Loles nos invitó a Milagros, a Octavio y a mí a pasar unos días en su casa de Albacete con el ánimo de enseñarnos su tierra. Naturalmente aceptamos, pues aunque Lorena tenía que trabajar nada más volver a Madrid, yo aún tenía algo más de una semana de vacaciones. Finalmente, unos días más tarde, ya a finales de agosto, se terminó el veraneo y regresamos a casa. Como Octavio y Milagros vivían también en Madrid quedamos los tres para ir a Albacete en su coche.


Un par de días más tarde del regreso emprendimos de nuevo el viaje. La casa de Loles en Albacete era bastante grande aunque algo destartalada, probablemente a causa de vivir sola y sin compromisos de pareja. El primer día nos enseñó la ciudad y el segundo nos dio un repaso por la provincia y, cómo no, por el río cangrejero que había sido la causa de su separación. Un río de no mucho caudal pero con las orillas cuajadas de árboles, espesa vegetación y verdes praderillas en una de las cuales Octavio y Pilar se tumbaron a tomar el sol invitados por el mullido verdor. Loles me propuso caminar por la orilla pero el paseo se truncó en la primera espesura que ella juzgó adecuada para tumbarse también. Como hacía calor se quitó la ropa y se quedó en bikini, una prenda que casi todo el mundo solía llevar puesta bajo la ropa para evitar el trasiego de tener que ponérsela si las circunstancias invitaban. Pero como seguía haciendo calor se quitó también la parte superior del bikini, algo que todavía no estaba muy de moda por entonces, lo cual, cuando ocurría en circunstancias como esta, es decir, de cierta intimidad gracias a la vegetación protectora, solía ser síntoma inequívoco de ofrecimiento incondicional e instigación a la exploración carnal. La visión del paisaje, obviamente, mejoró mucho, por qué no decirlo, pero aún mejoró más cuando se deshizo de la pieza inferior con la excusa de que le apretaba un poco la goma y me pidió que le diera un poco de masaje en la espalda porque tenía contracturas. Los masajes terapéuticos nunca se me han dado bien, pero a ella le parecieron estupendos, sobre todo a medida que iba bajando lentamente las manos hacia la zona lumbar, hasta el punto de que empezó a dar síntomas claros de excitación.


Pero de pronto se oyó la voz de Octavio llamándonos porque se hacía tarde y había que volver, lo cual era cierto porque teníamos una hora de carretera para regresar a casa y había que cenar y esas molestas cosas que nos esclavizan a los humanos. Efectivamente, cenamos en un restaurante típico por el camino, pagamos a escote y seguimos, ya de noche, hasta Albacete. Nada más llegar Octavio y Pilar desaparecieron camino de su habitación para rematar tareas pendientes. 


Loles se puso una especie de pijama ligero y me llevó a mi habitación, se sentó en la cama y encendió dos cigarros. Naturalmente uno me lo pasó a mí a modo de inicio de conversación y luego empezó a hacerme preguntas sobre mi vida de casado a las que yo respondía a medias desde una butaca donde me había colocado, supongo que con la premeditada intención de averiguar las posibilidades reales de llegar a algo consistente para ella más allá de la química, que parecía ser buena. Ante la reticencia de mis respuestas ella ponía ejemplos y contaba anécdotas de su matrimonio cangrejero fracasado, y se veía en ello la intención de inducirme a ser más claro y directo en mis respuestas, no en vano me había colocado en aquella butaca para tenerme frente a frente y comprobar si la dirección de mis miradas pudiera denotar indecisión o cosas menos claras.


Pero finalmente le conté pormenorizadamente lo que ella quería saber, es decir, mi compromiso ético, honesto y leal con Lorena, y por lo tanto, aquella noche no llegamos a donde a mí no me hubiera importado llegar en absoluto, ni a ella tampoco. Y entonces se levantó, me dio un beso leve, un «buenas noches» lleno de apacible amargor y se fue a su habitación dejándome a mí en la butaca confuso y pesaroso y un tanto rabioso, como el perro del hortelano que ni come ni deja comer: Hambre para todos a causa de un ejercicio de puritanismo impregnado de mal entendida fidelidad y moralina por mi parte del que no salí con la conciencia tranquila, ni mucho menos.


No dormí demasiado aquella noche y tentado estuve de ir a su habitación varias veces y pedirla perdón por haberla dejado a dos velas, pero finalmente me quedé dormido hasta que la oí canturrear en la cocina mientras el olor a café se imponía sobre las demás cosas. Allí fui y allí estaba ella, como si no hubiera pasado nada, y cuando me vio aparecer me dijo que allí estaría ella siempre que yo quisiese.


Octavio y Pilar aparecieron totalmente desgreñados. Por suerte las paredes de la casa eran lo suficientemente gruesas para mantener un espeso y protector silencio. Nadie hizo comentarios salvo para alabar la calidad de los colchones y el acierto de sustituir los somieres por tablas, cosa que entonces estaba de moda y que, según se decía, evitaba dolores de espalda, sobre todo a partir de una edad.


Loles había previsto para ese día una excursión para enseñarnos los pueblos de la provincia. Conducía Octavio y Milagros hacía de copiloto, Loles daba las instrucciones direccionales desde el asiento de atrás y yo me dejaba llevar. El día terminó de nuevo en una nueva pradera fluvial cerca del nacimiento del río Mundo con suficiente vegetación de ribera para ocultar lo que entonces eran pecados, más tarde imprudencias y al final necesidades.


La cosa no fue a más, en parte porque ya me tocaba reincorporarme al trabajo y, sobre todo, por una especie de temor difuso a romper algo que, si no funcionaba como podría haber funcionado con Loles, al menos me proporcionaba una cierta seguridad basada sobre todo en la rutina y en no hacer mudanzas arriesgadas. Algunos le llaman a eso cobardía. Yo también. Un par de días más tarde llegó la hora de las despedidas, relativamente tristes, porque todos teníamos nuestra actividad diaria demasiado separada unos de otros, lo cual no ha favorecido nunca la continuidad de los afectos, al menos los intensos, siempre más dependientes de las exacerbadas necesidades biológicas propias de la juventud.


Con el tiempo, algunos años más tarde, Loles rehízo su vida y se casó con un médico y no tengo noticia de que le haya ido mal, lo cual seguramente es buena noticia. A poco listo que sea su marido se las habrá apañado para no dejar escapar a una bellísima persona en todos los sentidos, al menos en las distancias cortas ajenas a lo gravoso de una convivencia ininterrumpida, que al final suele ser casi siempre el problema.


De vuelta de nuevo en Madrid con la vaga sensación de ser un idiota, eso sí, fiel y leal, a pesar de todo, o más leal que fiel, porque el concepto de fidelidad comportaba para mí un cierto grado de creencia en algo que en realidad tenía límites difusos e inquietantes a causa del problema de Lorena. Y por otro lado, y en materia de sexo, siempre he tenido demasiadas precauciones para no abusar del prójimo sin darme cuenta de que a veces el prójimo estaba tanto o más necesitado que yo, razón por la cual muchas veces he dejado las cosas a medias, o sea, con un importante grado de frustración por ambas partes, lo cual es grave.

sábado, 12 de noviembre de 2022

MANUAL DEL EXORCISTA


Fray José María García Trapiello —hermano de los escritores Andrés y Pedro—, que ejerce como exorcista en la diócesis de Santiago de Compostela, es autor de un Manual del exorcista, donde relata su experiencia en tal ámbito. El dominico leonés hizo un ‘master en exorcismo’ en la Universidad Ateneo Pontificio, donde recibió lecciones sobre satanismo y posesión diabólica.

En una entrevista concedida al diario de León con motivo de la publicación de su libro Igual que cerezas —donde reúne viejas palabras— fray José María, capellán del monasterio de Belvís, explicó que la gente suele ver al exorcista tras el tamiz «romántico o esotérico» con el que han pintado cine, televisión y literatura su labor, pero que la imagen del endemoniado subido al techo «no tiene nada que ver con la realidad diaria: hablamos de la sensación real que tiene una persona de que el Maligno actúa sobre ella, y esas personas sufren mucho. Eso no es una esquizofrenia, no puede reducirse a una enfermedad». ¿El remedio? «El ritual de bendiciones y, sobre todo, escuchar a la persona, atenderla y sostenerla».

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