Juan Perucho: «Las esculturas de José María Subirachs en el Santuario Leonés de la Virgen del Camino», Destino, 7 de octubre de 1961, p. 36-37
El día cinco de septiembre fue inaugurado en León el nuevo Santuario de la Virgen del Camino. Es éste un edificio que se impone por su grandeza, de una gran modernidad, y cuyas líneas sobrias y sencillas se hallan perfectamente adecuados a su destino. El edificio es una hábil conjugación de la arquitectura y la escultura, y como ha dicho su creador, el arquitecto Fray Francisco Coello de Portugal, «la arquitectura del Santuario ha dejado a la escultura sus puntos clave para que ésta exprese de forma más elocuente, o al menos asequible a todos, una serie de enseñanzas religiosas hechas con bronce, piedra, etc.».
Las esculturas han sido realizadas por José María Subirachs y constituyen, sin duda, la obra más importante de este artista. Lo que primero sorprende es la fachada. Viniendo de Astorga, al coronar la gran cuesta de la carretera, se descubre, de pronto, impensadamente, la enorme fachada formada por las imágenes de la Virgen y los doce Apóstoles, respaldados en una gran vidriera y encuadrados por las aristas de piedra que forman las paredes de la nave. Como se ha hecho observar, produce el mismo efecto que cuando, recorriendo un barrio viejo de algunas ciudades antiguas de España, de repente, entre las sombras de las angostas calles, surge al sol la majestuosa fachada de una catedral. El Santuario continua esta tradición española de sorprender inesperadamente al inadvertido y de obligarle a pararse y admirar.
Primeramente llaman la atención las grandes estatuas de la Virgen y los doce Apóstoles. Estas imágenes, fundidas en bronce, de setecientos kilogramos de peso y seis metros de altura cada una, constituyen un conjunto de una grandiosidad extraña, áspera, sumergida en un mundo de visión apocalíptica. Cada una de las figuras adquiere una expresividad hierática surgida del fondo de los siglos, del magama primigenio y ancestral, elocuente en su mudez bíblica y terrible. En el centro aparece la Virgen, desprendida de su base en la tierra, alzada por encima de todo el conjunto, ostentando la única nota de suavidad y ternura. Junto a ella, a ambos lados, los Apóstoles, hombres austeros, fuertes, doce nombres impuestos al mundo por su fuerza interior.
San Pedro, cabeza de la Iglesia, ocupa en el Apostolado un lugar preeminente. Pedro es el hombre duro, imponente, el que ata y desata los pecados de la Humanidad, el portero del Cielo. En la imagen sostiene una enorme llave, símbolo de esta dignidad. Sobre su vestido se destaca una gran cruz, cabeza abajo, recuerdo de su martirio. Bajo la llave, la oreja que cortó a Malco, en un arranque de ímpetu en el Huerto de los Olivos. En la parte sombría de Pedro, al costado, pone en grandes letras: «gallo», alusivo al de la noche de la Pasión, casi también como un apodo. Junto a San Pedro, formando pareja, está su hermano Andrés, cuyo cuerpo es todo él una gran cruz, en aspa.
Siguiendo, a la derecha del espectador, San Bartolomé tiene en la mano el gran cuchillo con que fue asesinado. Luego, un grupo de otros tres parientes: Santiago el Menor, primer obispo de Jerusalén, tiene en la mano el báculo, distintivo de su autoridad, y viste ornamentos sagrados con capa solemne. Junto a él, Judas, Tadeo y Simón, que sostiene la gran sierra con que fue partido a trozos, en testimonio de su predicación.
Al otro lado, junto a la Virgen, se halla San Juan el «Amado del Señor». Tiene en sus manos el cáliz de Cristo, sobre quien estuvo recostado en la última cena. Junto a Juan, su hermano Santiago el Mayor, patrón de España, todo él hecho de conchas, bautizando a la Europa milenaria que, bajo sus plantas, por este mismo camino, desde hace siglos peregrina en ruta hacia su sepulcro de Compostela.
Después, Santo Tomás, el que pedía, como prueba, meter el dedo en el costado de Cristo, en la herida que le hiciera la lanza del soldado. Aparece con la lanza en la mano como prueba de fe. Luego, San Mateo, el primero que escribió el Evangelio, y tiene entre sus manos el grueso volumen del mismo, predicándolo a todos desde su inmovilidad. San Felipe, hermano de San Mateo, se coloca en pareja con él. Felipe era pescador y tiene en sus manos unos pececillos vivos. Por último, San Matías guarda entre sus manos, como una reliquia, una de las piedras con que fue lapidado.
Este conjunto es impresionante y difícilmente podrá olvidarlo el viajero que pase por su lado. Estas enormes imágenes, detenidas en su fosilizada gesticulación, se imponen enseguida como signos vivientes de una tradición milenaria.
Sin embargo, con ser todo ello muy importante, la obra maestra de Subirachs la constituyen sus puertas. La puerta principal es, indudablemente, una de las mejores piezas del arte religioso contemporáneo. Fundida en cuatro grandes piezas de bronce, mide tres metros de altura por cinco metros de luz. No debiendo sujetarse a una rigurosa iconografía, la inspiración de Subirachs es más libre y misteriosa, menos convencional, y alcanza una riquísima plasticidad en la que las fronteras de lo pictórico y lo escultórico desaparecen, fundidas en un todo de masas y texturas. La puerta representa los Misterios de Gozo de la Virgen y comprende la Anunciación, la Visitación, el Nacimiento de Cristo, la Presentación al Templo y Jesús ante los Doctores de la Ley.
Otras tres puertas completan el circuito exterior. La Puerta dedicada a San Froilán, patrón del antiguo reino, en la que puede verse grabado el plano de la catedral de León; la puerta dedicada a San Pablo y la del pastor al que se le apareció la Virgen del Camino.
Aparte de lo consignado, son obra de Subirachs el gran Cristo del altar, el Sagrario, los candelabros, la pila de agua bendita y el altar exterior.
Terminamos este artículo aludiendo a la gran vidriera del Santuario, ejecutada por otro artista catalán, el pintor Alberto Ráfols Casamada. Ha sido realizada en Chartres con vidrios de dos centímetros de grueso, tallados como piedras preciosas y unidos entre si con cemento. Es un procedimiento nuevo que otorga una gran solidez. El conjunto de la vidriera rutila con una extraordinaria belleza.