viernes, 30 de octubre de 2026

HUARTE EN EL AIRE (Por Lalo f. Mayo)

He tenido que acudir a la página 46 de EL ÁLBUM DE LAS FOTOS para ver qué dijimos en su día de la foto que abre este texto.


Dice el pie que la emisora la llevaba el pHuarte. Vale. Pero yo no sé nada más de las circunstancias internas de aquel invento, y bien que lo lamento porque debido a mi trayectoria personal y profesional posterior, seguro que no me habría ido mal haberlo conocido.

Por razón de ese supino desconocimiento, aquel ya digo invento que, eso sí, recuerdo alojado en uno de aquellos currunchos que había tras una puerta al fondo de las aulas, no sé si de de la Escuela Menor o Mayor —aunque seguro que sería de la Mayor—, no despertó en mí vocación alguna, y no mayor información de la que nos proporcionaba los domingos por la la tarde cuando, antes de entrar en el estudio, proclamaba por los altavoces los resultados de la jornada futbolística; de cuando todos los partidos se jugaban a la misma hora y en el mismo día, no como ahora, que toda la temporada es una jornada continua sin pararse en días ni horarios concretos.
La banda sonora de aquellos domingos sí que la recuerdo bien, quizás porque sonaba en el momento en que, armados con un bollo en una mano y un chocolate de Ezquerra con sabor a aceite en la otra, exprimíamos el fin del fin de semana con los entusiastas gritos de los reporteros cantando goles, tarjetas, penaltis y desilusiónes en la bocina colgada al final de la recreación, ya en los campos.

Siempre que ahora me llevo a la boca una pastilla de chocolate, cada vez menos por aquello del azúcar y los años, algo en mi memoria me previene de que mi placer se va a ver interrumpido por un rancio olor y sabor que, es de suponer, algún día se derramó desde una damajuana  de aceite sobre toda la provisión de cientos de libras de chocolate en el almacén donde las monjas guardaban lo que nos comíamos, que era todo lo que nos daban (y más que hubiera), si no recuerdo mal.

Además de la jornada dominical y vespertina de fútbol, por aquellos altavoces sonaban, muchas veces cuando el sol todavía no se había asomado desde el valle del Bernesga por el páramo de Oteruelo, las "Cuatro estaciones” de Vivaldi o “Mamá”, del niño aquel, Jean Jacques, de “…un bello sueño tuve ayer...” que ganó, o casi, el festival de Eurovisión; y  por la noche, cuando desde las ventanas de los dormitorios que daban al oeste ya se veía brillar la estrella colorá, sonaba melancólica “La Charanga” que cantaba Juan Pardo, antes en "Juan y Junior" y todavía más antes en Los Brincos. Ambas canciones empezaron a sonar en 1969, cuando la mayoría de los que pasan o han pasado por aquí ya se encontraban lejos de la paramera. 

Pero nada más puedo decir de aquella emisora: No recuerdo si alguna vez emitió programas, improvisados o elaborados a partir de algún guión, y en cualquier caso, ni siquiera sé si se hicieron. Quizás sí sonara algún aviso de visita extemporánea, algo muy poco habitual ya que era aquel asunto muy reglado en las ordenanzas, pero tampoco lo puedo asegurar, y si los hubo, no fui protagonista en ninguno. Así que seguro que el interés con el que hace un par de meses por lo menos nuestro amado Furriel me envió la foto de ahí arriba, habrá quedado un tanto defraudado por la poca sustancia que le devuelvo.

Por amortizar el gasto del sello con el que envío este mensaje he de decir, también por si le pudiera interesar a algún lector de los que nos quedan, que para mí fue más determinante mi paso por Antorcha, aquella especie de periódico mural montado en cartulinas de colores que se publicaba colgado de unos tableros de corcho en el hall antes del pasillo de las clases y que tenía su Redacción y Taller en una sala a la que hoy creo que ya no sabría llegar. Allí recuerdo que trabajé con Álvarez Ilzarbe, entonces el benjamín del curso 64, y hoy un solvente artista plástico de la madera con taller en Salamanca. 


Aquella antorcha sí que iluminó el camino en mi cambio de vocación, y diría que me encaminó bien, porque en 35 años no hice otra cosa que perfeccionar lo que aprendí en aquel otro curruncho. Pero esa ya es otra historia. Otra historia que —Furriel, no lo intentes—, yo no contaré porque, ¡ay!, ya no me acuerdo de nada. 

Salud
Lalo F. Mayo

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