viernes, 2 de octubre de 2026

¿BAJO EL MANTO DE SAN JOSÉ? (Por Luis Carrizo)





Qué poco me gusta a mí la palabra portillo, no sé quién la inventaría. Yo nunca la he usado porque  me suena a corral: ¡abre el portillo que entre el ganao! Usaría antes post, fíjate. Menos mal que tenemos “entrada”.

 

Hace justamente cinco años, que es a lo que quería yo llegar, apareció en el blog una entrada en que se comparaba el cuadro de Enguerrand Quarton “La Vierge de la Miséricorde” con el precioso mosaico de una virgen en idéntica actitud, que Domingo Iturgáiz creó como retablo para la capilla de la Escuela Menor.




 

A raíz de su publicación, un compañero que ha escrito y sigue escribiendo mucho, y muy bien, en el blog y fuera del blog, y que sabe mucho, y al que yo admiro mucho, y que es de Liébana, me hizo saber que ese tipo de imágenes se encuentran a punta pala en iglesias, santuarios, oratorios y casas de devoción de todo el mundo; siempre que sean católicas, claro (esto lo añado yo de mi cosecha), porque según nos ha explicado igualmente en este blog el citado compañero —que aunque es de un puebluco lebaniego sabe latín y griego también hasta hartar, y no tiene por qué ocultarlo— en las iglesias ortodoxas lo que abundan mayormente son las Theotókos, las Odhigitrias, las Platyteras, las Eleúsas o Glicofilusas y las Galaktotrophousas.

 

En cuanto a los templos protestantes, que, la verdad sea dicha, yo tengo muy poco trabajados, me da la sensación de que han delegado en la música de Bach todo lo que los teólogos católicos llaman la Via Pulchritudinis, que es como decir la evangelización a través de la belleza, porque en lo que respecta a pintura y escultura no hay peligro de que turista alguno pueda sufrir en su interior el síndrome de Stendhal. Y para muestra un solo botón, pero representativo: Yo visité una vez la catedral de Helsinki, de muy bella arquitectura, realzada, además, por una impresionante escalinata exterior, pero que encontré muy fría y, nunca mejor dicho, muy desangelada por dentro. Las únicas alegrías que se permiten en su interior son la pintura de un descendimiento, que preside el frontal, y dos enormes estatuas en cada uno de los extremos, a un lado la de Lutero y en el otro otro la de Melanchton. Como dijo aquel director de cine: “Me lo paso mejor en el dentista”.

 

Ahora bien, y volviendo a nuestros Enguerranes e Iturgaices, lo que yo no había visto jamás era una versión laica, y encima masculina, de esos modelos de Vírgenes con sus cobijadores mantos desplegados, como la que escenifica ese hombre de la fotografía que, en gesto protector, como si de una gallina con sus polluelos se tratara, guarece bajo su capa a esas tres niñas. La festiva y luminosa foto viene apareciendo desde hace varios días en el Diario de León como preludio anunciador del inminente 5 de octubre, fecha de la señalada romería de San Froilán.

 

A mí me llamó la atención desde el primer momento por su flagrante parecido con el tópico mariano de que venimos hablando, al que mi aludido y admirado sabio compañero no se le ha ocurrido, y es una pena, buscarle un nombre ad hoc, particular y significativo, en la línea de las theotokos griegas (o Deíparas latinas) y su extensa cohorte. Pero lo que quizá más me descolocó en la foto de marras fue descubrir en la escena la inusitada imagen de un hombre, y ni siquiera clérigo, suplantando, por así decir, a la Virgen María en un papel eminentemente femenino, religioso y tan propio de ella en mi particular imaginario; y en  tiempos, por otra parte, como los actuales, en que justamente las mujeres están comenzando a desalojar a los hombres de su exclusivo e inveterado acaparamiento de prelaturas y protagonismos. Y vengo a decir esto porque, además de la foto que abre el Programa de Fiestas de San Froilán, veo también últimamente en la prensa muchas fotos y noticias de la exenfermera Sarah Mullally, fungiendo ahora de arzobispa de Canterbury y luciendo muy complacida mitra y capa pluvial, aunque la capa no presente fieles cobijados bajo ella. De momento, deberíamos añadir tal vez, que Zamora no se conquistó en una hora.

 




De cualquier forma, no quisiera yo dejar en entredicho al anónimo personaje de la capa, ni por afán de protagonismo, pues que se oculta discretamente bajo el sombrero; ni por ser hombre –hasta ahí podríamos llegar–; ni tampoco por laico. La fotografía constituye un dechado de ingenuidad y alegría, y tanto él como el fotógrafo solo merecen  nuestro agradecimiento y nuestra admiración. Y aunque no llegue a provocarnos síndromes, éxtasis ni arrobamientos, quiero señalar que la escena no es tan laica como pensé en un primer momento, pues me trae ahora mismo a la memoria aquellas conmovedoras palabras evangélicas: “Jerusalén, Jersusalén, cuantas veces quise juntar a tus hijos como la gallina junta sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste…” Lo dicho: La Via Pulchritudinis.

 

¡Viva San Froilán! Y Santa Froilana, si la hubiera.

 




Luis, Alicante, 25 de septiembre de 2026

 

 

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