Los recuerdo muy bien. Nunca se me han olvidado, y los copio ahora sin la ayuda de papel alguno. Estos eran los primeros versos que yo, un chaval de unos 14 o 15 años (un guaje, un chiquillo), metido en un disfraz de ermitaño, con barba muy negra, postiza, claro, y con más miedo en el cuerpo que vergüenza, decía en el escenario del teatro de la Virgen del Camino allá por el año 1959 o 60, más o menos. Yo era el Paulo de El condenado por desconfiado de Tirso de Molina. Los había aprendido con fruición, como si de una fruta sabrosa se trataran, buscando el medio silencio de cualquier rincón, o en horas de estudio, o en la cama, tapado con la manta, ayudado de una linterna, cuando la luz del dormitorio se apagaba y nos quedábamos en la soledad —y sosegados, como diría Isidro— de una camarilla de 3 x 2, más o menos, que era nuestro único espacio privado. ¡Cuántos versos como aquellos llegué yo a almacenar en mi cabeza de niño! Contando solo los de esa obra pasarían de mil, supongo. Porque no solo fue en El condenado por desconfiado, participé también en otras obras clásicas, como en el auto sacramental La siega y en otras obras de texto en prosa que por menos importantes ni re- cuerdo cómo se titulaban; una, creo, era El detective Mantekón, o algo así.
¿De dónde sacaban los frailes que nos cuidaban en La Virgen tales reperto- rios teatrales? ¿Qué criterio tenían en la elección de las obras? ¿Qué consejo o co- misión aconsejaba o decidía? ¿O lo dejaban solo al criterio y gusto del pIparraguirre, que él era, creo, quien nos ensayaba? ¿Quién hacía los decorados, que por simples que fueran entonces nos parecían espectaculares? ¿Y de dónde sacaban las ro- pas que los personajes vestían? ¿Y quiénes hacían las adaptaciones de esas obras? Porque había que meter tijera y remendar, había que suprimir personajes femeninos o cambiarlos de nombre, y había que cambiar diálogos y soliloquios... De eso entonces nosotros no nos dábamos cuenta, porque desconocíamos los textos originales y porque nos parecía que era lo más natural del mundo que en el mundo del teatro hubiera solo personajes masculinos. Ahora, mucho años más tarde, me entero por los lúcidos comentarios de Santos Vibot de que en una primera época fue el pJosé María Guervós quien se encargaba de la adaptación y dirección de algunas de esas obras. Pero él no era fraile del Colegio, y venía solo para estos menesteres, así que alguien debía velar de continuo por todo aquel tinglado. ¿Y qué procedimiento usaban los frailes para captar a los alumnos que querían ser actores? Nada de eso sé ni recuerdo yo ahora. Lo que sí sé es que el teatro se me viene como uno de los recuerdos más fuertes de mi experiencia de apostólico (¡qué impresionante palabra me suena ahora y qué anodina me resultaba entonces!) de los dominicos de La Virgen del Camino.
Naturalmente que esta puede ser una impresión particular y minoritaria de los que fuimos alumnos de aquel Colegio. Otros tendrán la música por su más persis- tente recuerdo, la Rondalla o la Escolanía. Otros el deporte, los deportes; otros los re- creos o los días de excursión; hasta puede que alguno los concursos literarios o la vida espiritual. ¿Pero qué Colegio era aquél en el que tanto tiempo y esfuerzo dedicaban los frailes en la programación de eso que hoy llamaríamos actividades culturales? Ni pensar quiero en la impresión y juicio de los que desde el patio de butacas miraban a los que estábamos sobre el escenario. Supongo que lo más importante para los frailes programadores no fuera tanto el resultado artístico como el sencillo y primario hecho de que se hiciera. Y hoy, al ver el álbum de fotos que Josemari y Lalo han recuperado de aquella experiencia, como de los folletos y programas anunciadores, yo me quedo asombrado del papel protagonista que el teatro tuvo y tenía en la actividad extraescolar y cultural del Colegio.
No se trata de hacer la historia o el simple recuento de las actividades que tuvieron lugar en aquel recinto de arquitectura ultramoderna que fue sala de teatro, leído y representado, sala de cine los domingos, salón de actos en acontecimientos solemnes, de conferencias, de actuaciones musicales, de asambleas (¿hubo asam- bleas?), y siempre con un propósito formativo que iba más allá de la simple ocasión de ocio. Yo no sabría hacerla, como sí ha hecho Javier Martín de Pablos, la historia de las películas proyectadas en aquel teatro desde 1961 a 1966. Se necesitaría una documentación que yo no poseo, pero por la simple colección de fotos que aquí van podríamos hacer un panorama: Autores clásicos como Lope, Calderón, Tirso y Val- divielso, pero también modernos como Arniches y Muñoz Seca, y hasta muy compro- metidos como Alfonso Sastre; obras cumbres de la historia del teatro español como La vida es sueño, El condenado por des- confiado y Escuadra hacia la muerte, pero también sainetes y obras intrascendentes sacadas de aquella Galería Teatral Salesia- na que buscarían el simple entretenimiento como El detective Mantekón, Pastor y borrego, Los tres jibosos de Egipto y La estatua de Pablo Anchoa; y autos sacramentales, muchos autos sacramentales, claro, porque había que educar por medio de la alegoría, como La siega de Lope, El gran teatro del mundo y Los encantos de la culpa de Calderón, El hijo pródigo y El hospital de los locos de Valdivielso, y un tan largo etcétera que yo no sé ponerle fin.
¿Cuánto de aquello ocurrido sobre el escenario del teatro del Colegio de La Virgen del Camino ha permanecido en no- sotros y nos ha ayudado a ser lo que —o el como— hemos llegado a ser de mayores? ¿Mucho, poco, nada? Nada pasa en la vida sin repercusión alguna, eso dicen los pedagogos. ¿Qué pudo representar una sim- ple actuación teatral, o dos, o tres, en un tiempo en que las inclinaciones y gustos por las manifestaciones artísticas ni tenían en nosotros carácter duradero ni perspectivas profesionales? Pero eran actividades formativas, eso sí. Y ahí radica, creo yo, el valor integral de aquella educación que recibimos en un Colegio de frailes en un tiempo en que las pedagogías educativas en España estaban muy lejos de poder ser consideradas modernas. Yo pienso como Manuel Álvarez en el estupendo estudio que con tanta objetividad y profesionalidad publicó en el libro anterior, Cuaderno de la memoria: que me siento un privilegiado de haber sido alumno de un Colegio como el de los dominicos de La Virgen del Camino, en el que las actividades culturales y artísticas constituían una parte importante de aquella educación que nos dieron. En mi caso, el gusto por el teatro, por la literatura y por la música, por el arte y por la cultura en general, germinaron allí. Y aquello ha redundado en que lo que hago como profesional lo haga con sumo gusto.
Solo diré que este recordatorio al que me ha inducido la invitación de Josemari para que hiciera el prólogo de este capítulo de me ha estremecido. Como estremecido salía al escenario, siendo un chaval (un guaje, un chiquillo) para recitar aquellos versos de Tirso, temblando de miedo, pero con el regusto y la emoción que da la ficción. Y añadiré que aun conservo los cuadernos manuscritos (dos, pues en uno solo no cabían) en que tuve que copiar la obra entera para aprender mi papel y de paso el de todos los otros personajes. Aquí los tengo, delante, viendo mi caligrafía de escolar, con apuntes de escenografía y de ilustraciones musicales, transmitiéndome una conmoción que más de 50 años no han podido borrar.



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