DIARIO DE LEÓN 13 JUNIO 20026 - CORNADA DE LOBO
Si uno se llama Francisco de Paula Coello de Portugal y Acuña Goicorrotea y Gómez de La Torre naciendo en un cortijo solariego de Jaén, pero prefiere que le llamen Curro, no estamos ante alguien de vulgar abolengo señoritingo, sino ante uno que horizontaliza su altura o su grandeza poniendo pie en tierra y la vista en el más acá que, en su caso, lo convierte en un más allá. Si además es un joven alto, atractivo y arquitecto (de esos que a las casaderas, nada más verlos, les entra un suspiro por los bajos para hacerse un nido en los altos), pero renuncia a su carrera, a su novia de cuatro años, a sus fiestas y se hace fraile, entonces estamos ante un loco. Es el caso. Un loco con genio creador que doma su locura convirtiéndola en luz, forma y pasión.

Estamos en el centenario de su naciminto. Murió hace trece, pero no hay modo de impedir que cada uno de los muros que levantó siga gritando ¡Curro!, ¡fray Coello de Portugal!, como lo harán algunos siglos porque fue arquitecto de monumentalidad resistente y singular. Trescientos proyectos firmó en su carrera sin dejar de ser fraile. Y el privilegio que le cabe a León es ser aquí donde inició su innumerable rastro de modernidad en monasterios, templos, colegios y hasta la mismísima catedral de Taipei, Taiwan, obra presente en tantos países. Siendo novicio en Palencia y aparcada su carrera, su maestro le obligó a retomar el lápiz y, ante lo confundido que andaba el arquitecto al que la orden había encargado el colegio apostólico de La Virgen del Camino, lo acabó retomando él y solucionándolo con alarde, funcionalidad y un aire a lo Fisac, arquitecto de vanguardia influyente entonces. Resuelto el reto, Pablo Díez, el mecenas de esta obra, se empeñó en que fuera él quien proyectara el nuevo santuario que implicaba derribar el viejo... y ahí está esa genialidad rompedora y atrevida que deja asombrado a cualquiera, insensato vanguardismo que hizo entrar en León la modernidad que nos situó en la envidia ajena. Así que oblíguese León a un ¡gracias, fray Coello!, ¡gracias, Curro!, porque si no merecíamos en el XIII una Catedral, quizá tampoco este santuario en el XX.
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