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jueves, 16 de julio de 2026
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1 comentario:
Contemplando estas ya viejas fotografías, atrae mi atención la flexibilidad y la elasticidad del soñador grupo de jóvenes que en ellas aparece, pues se prestan, al igual que el mármol tallado magistralmente por Buonarroti, como suave plastilina, a convertirse en hombres (creyentes, desde luego, pero también frailes) en manos de sus educadores. ¡Benditas ilusiones y proyectos!
El año 1973 a mí me enmarca de otra forma. Contaré algo interesante para quien realmente quiera interesarse por ello. Fue ese el año en que interrumpí traumáticamente mi vocación docente en el King’s College de Madrid no solo por su forma de entender la educación (puro negocio), sino también porque su dirección intentó compensar con un flaco salario inglés, equivalente a unas diez mil pesetas mensuales, un trabajo de 24 horas de responsabilidad al día y, además, sin seguros sociales. Y, tras tal debacle, allá que me lancé, sin paracaídas, al proceloso mundo comercial vendiendo inversiones a cara de perro o, como decíamos, “en la puta calle” y “a puerta fría”.
Sin más armamento ni defensa que un florido “argumentario”, concebido más bien para encandilar a desprevenidos, llamé un día a una puerta en un barrio importante de Madrid. Quien me abrió era nada menos que un catedrático de economía de la Complutense. Me invitó a pasar a su despacho y en él, cómodamente sentados, iniciamos una larga conversación.
Cuando más de dos horas después nos despedimos, ofreciéndome él como amigo su casa para cuando quisiera volver, yo no me lo podía creer. ¿Cómo era posible que aquel “sabio” hubiera aguantado a un papanatas como yo tanto tiempo? ¿Qué habría visto en mí? La clave está, a mi parecer, en que, cuando hablábamos de economía, yo preguntaba y él se explayaba, pero, cuando lo hacíamos de Sofico, mi empresa, quien preguntaba era él y quien se explayaba era yo. Al final, él concluyó más o menos, de la siguiente manera: “tú me ofreces el doce por cien por mi dinero y yo te ofrezco a ti el catorce por el tuyo. Claro que, de tener dinero, yo me dedicaría hoy a comprar como un loco terrenos en los alrededores de Madrid como la gran inversión del futuro”. Entonces, cuando la M-30 era solo un proyecto que se estaba ejecutando a tramos y la autovía de levante llegaba solo hasta la naciente urbanización de Santa Eugenia (Km 9), la urbe de Madrid comenzaba a invadir el territorio de los municipios colindantes hasta convertirse en lo que hoy conocemos como el gran Madrid, con sus ejes radiales y sus M-40 y 50.
Lástima que los dominicos de la provincia de España no me hicieran caso, cuatro o cinco años antes, cuando, desde París donde estudiaba, les propuse comprar una gran finca en los alrededores de Madrid para construir un Centro de Encuentro, a semejanza del que los protestantes tienen en Taizé, como forma de ejercer un apostolado plural, abierto y de gran altura, como corresponde al espíritu dominicano. No sé, pero, al recibir mi propuesta, algunos debieron de pensar que me había vuelto loco. De haberme hecho caso, lo operación habría salido redonda, al menos desde el punto de vista económico, pues lo que entonces habría costado cuatro o cinco millones de pesetas, hoy valdría decenas de millones de euros.
Aplaudo a los valientes que hayan leído hasta aquí y les agradezco su deferencia y consideración, confiado en que hayan encontrado interesante y aleccionador lo contado.
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