sábado, 21 de marzo de 2026

DÍA DEL SÍNDRONE DE DOWN

 Mi hijo Alberto celebra hoy el día del síndrome de Down con vosotros. 

Bendito seas.




5 comentarios:

Luis Heredia dijo...

Pues sí. Y me acordé mucho de él. Me encanta la foto. Muy interesante y pensativo.
Dios te bendiga, Alberto.
¿Ni está ni se le espera un miniencuentro?

MANOLO DÍAZ dijo...

Había colgado en el portillo anterior la reflexión que añado seguidamente.
Gracias a todos los que siempre fuisteis solidarios y partícipes con nuestras sensibilidades.
Hoy, 21 de marzo, celebramos dos realidades que, a primera vista, pueden parecer distintas, pero que en el fondo comparten una misma raíz: la belleza de la vida y la dignidad de cada persona. Es el Día Mundial del Síndrome de Down y también el Día de la Poesía. Y quizá no haya mejor manera de unir ambas celebraciones que desde el testimonio, el cariño y la mirada agradecida.

Hablar del síndrome de Down no es solo referirse a una condición genética. Es hablar de personas concretas, con nombre, historia y presencia viva en nuestras familias y comunidades. Es hablar de una hija, de 52 años, cuya vida ha estado marcada por una profundidad especial: la de una existencia que, más allá de las limitaciones, ha sabido regalar amor sin medida. Una hija profundamente Down, sí, pero sobre todo profundamente humana.

Quienes conviven con personas con síndrome de Down saben que su manera de estar en el mundo tiene algo de poético. Hay en ellos una autenticidad que desarma, una forma directa de expresar el afecto, una capacidad de alegría que no depende de lo superficial. Nos enseñan —sin pretenderlo— a mirar de otra manera, a detenernos, a valorar lo esencial. En un mundo tantas veces apresurado y exigente, su presencia es casi un verso que rompe el ritmo para recordarnos lo importante.

El amor con el que se cuida a una hija así no nace de la obligación, sino del vínculo. Es un amor cotidiano, hecho de pequeños gestos, de paciencia, de entrega silenciosa. Un amor que no busca reconocimiento, pero que transforma profundamente a quien lo vive. Y en ese amor, también hay aprendizaje: se aprende a aceptar, a acompañar, a celebrar cada logro, por pequeño que sea.

Junto a ella, aparecen otros nombres, como Alberto, y con ellos, otras historias que amplían el círculo del afecto. Cada persona con síndrome de Down es única, irrepetible, y sin embargo todas comparten esa capacidad de generar comunidad, de despertar ternura, de recordarnos que el valor de una vida no se mide por su productividad, sino por su capacidad de amar y ser amada.

Quizá por eso hoy, en este día compartido con la poesía, conviene detenerse y reconocer que hay vidas que son, en sí mismas, poesía. No por ser perfectas, sino por ser verdaderas. No por seguir un patrón, sino por abrir caminos distintos. La vida de una persona con síndrome de Down, vivida en el seno de una familia que la quiere y la cuida, es un poema escrito día a día con gestos de entrega, con miradas cómplices y con una fidelidad que no entiende de condiciones.

Desde una comunidad como la de los antiguos alumnos dominicos, donde tantos hemos sido formados en valores como la dignidad humana, la compasión y la justicia, este día nos invita también a reafirmar nuestro compromiso con una sociedad más inclusiva. Una sociedad donde cada persona tenga su lugar, donde la diferencia no sea motivo de exclusión, sino de enriquecimiento.

Hoy celebramos, sí. Celebramos la vida de quienes tienen síndrome de Down. Celebramos a quienes los cuidan y los aman. Celebramos la capacidad humana de encontrar sentido en la entrega. Y celebramos, también, que la poesía no está solo en los libros, sino en las vidas que, como la de una hija profundamente querida, convierten lo cotidiano en algo extraordinario.

Porque, al final, hay existencias que no necesitan ser explicadas: basta con ser contempladas. Y agradecidas.

MANOLO DÍAZ dijo...

Ramón, tengo una especial deuda de gratitud contigo.
Dios no envejece.

Marcos Berrueta dijo...

Un abrazo

Dacio dijo...

Me han emocionado los comentarios llenos de amor y entrega de Manolo. Un abrazo para todos y un beso enorme para ti, amigo Alberto.

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