Veintiséis de noviembre y oscurece.
Choni sonríe desde Allí por su cumpleaños y hacia quienes venimos a pedir su paz; menos dolorosa y más plácida aún de la que aquí vivía.
La música, y el amor a la palabra, la despedían entre el orgullo de haberla tenido cerca y las lágrimas de Lara, orgullosa de su madre imaginativa, que ha dejado la huella luminosa de su paso por este camino árido que va desde cada cuna hacia el espacio azul de los sueños.
Habrá otra Choni cerca para empujarnos a seguir caminando ?
Quique Muñíz
6 comentarios:
Tampoco hoy defraudaré al puñadito de seguidores que esperan mi comentario también a esta entrada. Y lo hago con un sentido agradecimiento a QM por expresarnos tan abierta y emotivamente sus sentimientos, no ya en esta postrer despedida de Choni, sino en este nuevo encuentro con ella. Desde luego, cada cual tenemos nuestra forma de vivir o de sentir sobre todo los momentos fuertes de la vida, como hace al caso. En cuanto a la mía, en estos casos yo me voy directamente al corazón, tomado en esa situación al mismo tiempo como sepulcro precioso y como fuente de vida vibrante, es decir, emocionada. Lo demás, el catafalco, la foto, las flores, la oración en susurro reverencial e incluso la presencia física es pero que muy circunstancial. Lo importante es que ella siga viva y activa en el corazón de quienes la quisieron y hasta de quienes comenzaron a admirarla, como es mi caso, y como fuerza que obliga a lenvantar la mirada hacia lo alto para decir simplemente "gracias" por una vida densa, por una maravilla de mujer. Todos sabéis que lo digo desde una profunda experiencia personal.
Quique, en vez de juntar palabras tú lo que hiciste fue unir sentimientos que todos nosotros tenemos por Choni.
Choni, siempre estarás entre nosotros.
Por las noches, tarde, escribo a boli en la libreta que tengo junto al teclado. “Mañana lunes 1, seguir con “Flavio San Román en Atalaya”. Es una manera de ahorrarte vueltas dilatorias y procrastinadoras después de desayunar. Es una manera de ponerte a trabajar de una vez. Quien lo probó lo sabe: esto de lo que hablo.
Hoy, sin embargo, no hago caso al apunte de anoche. Abrí una vez más el blog y volví a ver la foto del altar que se le ha preparado a la hermana de Carrizo. Altar ante del altar mayor del Santuario. Y me he concentrado otra vez en la foto. Las filigranas doradas, los contundentes candelabros de bronce natural, que fingen chorros de velones derretidos, caídos y solidificados en la base, y a estas alturas son ya bronces patinados. Las rosas blancas, los claveles rosas, los gladiolos y lirios que sirven de base al retrato de la hermana de mi amigo. No sé si lo he escrito alguna vez, pero Luis Carrizo es mucho Luis Carrizo para mí. Un hermano. A distancia, le he acompañado en los sentimientos con los que él ha estado acompañando el heroísmo sereno de Choni de muchos años acá.
Esa fotografía de Choni, en ese lugar, entre esas flores, me pareció una implicación más del propio Santuario. Un ritual distinto que invitaba a una explicación adicional. Me parecía desde que la vi, un precioso homenaje, inédito, al que sumarme. He querido hoy no dejar correr más tiempo, aparentando inadvertencia y recordar aquí a Choni. Cuando la traté pensando ella en escribir un libro, imagino que en un momento de rebeldía vital ante el destino (qué otra cosa es escribir, sino una resistencia absoluta a dejarnos morir en la indiferencia) Un libro que me envió hace dos años, me dedicó y me agradeció.
Diré por qué. El título y la portada le surgió a raíz de una lejana conversación que mantuvimos los dos, en la fase intermedia de su heroica batalla. Me escribe en su dedicatoria: “Sin ti, no tendría ni libro ni portada”. Era septiembre de 2023. Y es que en aquella conversación se sintió atrapada por una idea, que no era mía, yo solo la transmití. Ese trasmitir y transmitirnos es al fin de cuentas la única virtualidad del conversar. Aquella idea venía del remoto Aristóteles, aunque también Leibnitz había intervenido en su formateo. Era la “entelequeia”, la entelequia originaria. Ahora también hablamos de entelequias. Decimos “eso es una entelequia”, o sea, aunque me lo jures, eso no es más que una fantasía, una imaginación, una quimera, una alucinación; eso, de realidad no tiene nada.
Pero la entelequeia primigenia, sobre la que yo andaba entonces meditando y la compartí con Choni, estaba desarrollada en el “De anima”. Yo la había entendido como la referencia a que nos auto realizamos, nos autocompletamos, nos auto hacemos y nos auto conservamos a nosotros mismos: No nos creamos de la nada, sino que desplegamos lo que dentro de nosotros hay de desplegable, porque lo traemos inscrito en nuestra propia naturaleza y llegamos hasta donde está mandado que lleguemos.
El ejemplo es la bellota. En una sola bellota se contiene el espectáculo del roble completo. Y conteniendo al roble, contiene también al robledal entero. Al bosque entero. Hablábamos como profanos, mucho más acá de la metafísica, que al parecer está más allá de la física. Estábamos dialogando sobre de Aristóteles superficialmente, qué sabíamos nosotros, qué nos interesaba a nosotros las cuestiones esenciales o existenciales del ser en cuanto ser. Pero ese fue el germen de que Choni le pusiera a su libro “Bellotas” como título.
Lo de la bellota y su potencialidad venía a cuento de que nosotros nos auto realizamos porque somos capaces de desplegarnos. La niña pequeña de los hermanos Carrizo acabó desplegando una energía vital – vamos a llamarlo así - en su entorno, que generó una fronda. La frondosidad humana, a la vista está, pervive y actúa. No se ha acabado:
“Aún me acuerdo de la diadema que llevaba puesta, flores de plástico que regalaban con el chocolate o algo parecido. Me encantaban aquellas bolsas de papel fuerte donde echaban arroz, harina, azúcar. Siempre a granel. El azulete lo compraba en la droguería de la Virgen. Los caramelos pequeños de nata. Dos velas perpetuas cayendo de la nariz. El truque, la comba, los cromos, la goma. Y, sobre todo, las dos naranjas grandísimas de Reyes que llamaban Guasín”.
Ahí queda eso, en su libro “Bellotas”, un libro para leer si es que todavía no lo has leído. Las bellotas también alimentan, que los montañeses, lo escribió ya Estrabón, comen bellota la mayor parte del año. Las ponen a secar, las machacan y hacen una harina que luego amasan. El pan de bellota se conserva bastante tiempo.
Tengo delante el libro de Choni. Reparo ahora en una cita que incluye de Gabriel y Galán: “Ondi jueron los tiempos aquellos que pue que no vuelvan”. Volverán, Choni, vuelven siempre, porque del todo nunca se jueron .
Me has hecho, querido Cicero, tomar de nuevo en mis manos el libro de mi hermana, por contemplar de nuevo, con inmensa melancolía, su esplendorosa foto de niña en el colegio de las Dominicas de La Virgen del Camino y releer en la solapa las breves líneas que ella dedica a comentarla. Por un momento, mientras leía en tu escrito el párrafo en que las reproduces, pensé que eran tuyas. Merecían serlo en cualquier caso. Y ahora estoy seguro de que aquella conversación que mantuvisteis no solo fue el chispazo y la génesis del libro y de su título; allí le transmitiste también algo de tu magistral inspiración.
Terminas tu comentario con la consideración de que esos tiempos idos -que nuestros muertos nos hacen añorar irremediablemente- vuelven siempre, a pesar de las dudas de José María (no nuestro furriel, sino el poeta). Ramón nos recordaba más arriba que los muertos vuelven de alguna manera cada vez que los recordamos en nuestro corazón. Yo también lo creo, aun reconociendo que es ese un muy volátil e inútil revivir, sobre todo para el pretendidamente resucitado. Posiblemente tú hayas querido decir algo parecido con ese brumoso “nunca del todo se fueron”, pero yo, como conozco el paño, creo que esa cláusula tiene letra pequeña, de manera que apúntatelo en la libreta que tienes junto al teclado y nos lo aclaras cuando lo juzgues oportuno. Espero, no obstante (y hago esta salvedad más que nada por utilizar una palabra que no utilizaba desde Las Caldas); espero, te decía, que no vayas a hablarnos de aquel agotador ir y venir de los espíritus, obligados a recolocarse en la casilla de salida, yque llamaban palingenesia, que eso sí que es una entelequeia de las que entran pocas en docena; y por ahí no paso. Almas de segunda mano…, ¡con la de almas que quedan sin estrenar!
En lo que a mí respecta, no tengo ningún interés en que vuelvan los tiempos pasados porque mucho me malicio que, a pesar de su buena prensa, me defraudarán. La única palingenesia que me seduce es la de volver al tiempo y al lugar en que, recobrada nuestra perdida inocencia, podamos todos redescubrirnos luciendo una mirada tan feliz y angelical como la que luce mi querida hermana, con su babi de párvula y su preciosa diadema de plástico, desde la solapa de su libro.
P.D. Por cierto, el importe de los ejemplares que vendía iba íntegro a dos asociaciones. Una contra el cáncer y otra dirigida por un obispo chileno que trabaja entre gente necesitada. Si alguien quiere comprar algún ejemplar no tiene más que decirlo y le pondré en contacto con mi cuñado.
Gracias, Quique Muñiz, por tu continua y sentida presencia en este mal trago de la muerte de Choni. Te agradezco el gesto y admiro el título que encabeza la fotografía. Se ve que tu vena poética sigue muy viva.
Y gracias, tocayo Heredia, por tus cariñosas palabras.
Un gran abrazo en el que incluyo también a Ramón.
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